domingo, 30 de noviembre de 2014

F.C Start: La derrota no fue una opción


El 19 de septiembre de 1941 Kiev fue ocupada por el ejército nazi. El hambre y el frío recorrían la ciudad junto a los miles de refugiados y prisioneros que deambulaban por sus calles. Entre todos ellos se encontraba Nikolai Trusevich, que había sido portero del Dinamo de Kiev hasta aquel entonces.

Entre los dramáticos laberintos de la mortecina ciudad, Josef Kordik, panadero de origen alemán, reconoció a su ídolo. Desafiando las normas que impedían contratar a los prisioneros, Kordik se las ingenió para darle trabajo a Trusevich en la panadería estatal número 3 de Kiev como barrendero y le alentó a encontrar al resto de compañeros del equipo, del que se confesaba acérrimo seguidor.

De esta manera, Trusevich consiguió reunir a 8 compañeros más del Dinamo de Kiev: Mykola Trusevych, Mikhail Svyridovskiy, Mykola Korotkykh, Oleksiy Klimenko, Fedir Tyutchev, Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko y Makar Goncharenko. Completaron el equipo, 3 futbolistas del Lokomotiv: Vladimir Balakin, Vasil Sukharev y Mikhail Melnyk.

No obstante aquel pequeño triunfo no fue suficiente para el panadero. Kordik había logrado reunir a varios de sus ídolos, a grandes jugadores cuya carrera había quedado truncada por la guerra pero ¿qué podía hacer un equipo de fútbol, sino jugar al fútbol?

Y en aquella panadería, en medio de la devastación y la desesperanza, sumidos en la automática rutina de quienes no esperan nada, empezó a forjarse la leyenda; el mito de unos hombres que supieron encontrar una chispa de esperanza y volcarla en su gran pasión, el fútbol.

Tras la desaparición y restricción del Dinamo de Kiev como tal, los jugadores dieron al equipo un nuevo nombre: el F.C Start.

En inglés el término "start" significa "comienzo" y efectivamente, aquel fue el comienzo de algo más que un equipo de fútbol, la idea que muchos necesitaron para empezar a creer en algo más allá de aquello que apresaba sus sueños y sus esperanzas, algo que sin embargo, sí empezó sobre el verde de un campo de fútbol.

El 7 de junio de 1942, disputaban su primer encuentro en la liga local frente al Rukh; una liga dirigida por el colaboracionista Georgi Shvetsov, un exjugador de fútbol e instructor deportivo. Pese a la horas de trabajo nocturno en la panadería, la desnutrición y el pésimo equipamiento con que contaban, el Start venció por 7 goles a 2. Su siguiente partido les enfrentó a una guarnición húngara el 21 de junio. En idénticas condiciones, volvían a golear por 6 a 2.

A partir de aquel momento el Start jugó contra varios equipos militares, todos ellos partidos con idéntico guión:


- 12 de julio, Equipo de Trabajadores del Ferrocarril Militar: 9 - 1


-17 de julio, PGS (Alemania): 6-0


-19 de julio, MSG.Wal (Hungría): 5-1


-21 de julio MSG.Wal (Hungría): 3-2

El enstusiasmo de aquellos futbolistas y sus victorias sobre las diferentes guarniciones militares (algunas de ellas alemanas) empezó a ser conocida en la ciudad. No obstante la fama del Start crecía al mismo ritmo que el recelo de los alemanes, pues las goleadas de aquellos jugadores llevaban implícito algo más que un resultado futbolístico.

Por aquel entonces, el dominio germano en Europa era indiscutible. Las tropas de Hitler se extendían de forma implacable arrasándolo todo a su paso. Sin embargo, en aquel pequeño rectángulo delimitado por 4 líneas de cal, los alemanes sucumbían como uno más frente a aquel equipo casi desconocido.

Pronto el Start se convirtió en la bandera de la esperanza, la ilusión y una pequeña resistencia frente a la barbarie nazi. Allí la hegemonia era de otros y el ejército alemán no podía permitirlo. Con el objetivo de demostrar también su superioridad sobre un terreno de juego, los germanos conformaron un equipo con miembros de la Luftwaffe, la fuerza aérea nazi, el Flakelf.

El partido se disputó el 6 de agosto y pese a las patadas de los jugadores alemanes, el Start se hizo con una escandalosa victoria por 5-1. Aquello supuso un mazazo definitivo para los soldados teutones y lejos de aceptarlo o resignarse, prepararon una encerrona que tuvo el efecto contrario al que inicialmente pretendieron.

El partido de la muerte


El Flakelf fijó el partido de la revancha para el día 9 de agosto. Un encuentro lleno de condicionantes y con un fin inesperado o quizás, no tanto. Antes del inicio del partido, un oficial de las SS se personó en el vestuario del Start para dar instrucciones: "Soy el árbitro, respeten las reglas y saluden con el brazo en alto". Ya sobre el terreno de juego, el equipo saludó con el brazo en alto, justo antes de llevárselo hasta el pecho y sustituir el "Heil Hitler" por un "Fizculthura", un eslógan soviético que proclamaba la cultura física. Pese a la dureza del rival y a empezar perdiendo, el resultado al descanso era de 2-1 favorable al Start. Esto ocasionó otra visita al vestuario para advertir acerca de las consecuencias si el partido concluía con la victoria en el bando ucraniano.

Pese al miedo y las dudas iniciales entre los jugadores, la consigna fue clara: Salir al campo y vencer. Había mucho más en juego que el resultado de un partido de fútbol. Los rostros ilusionados de todos aquellos que en la grada veían reflejado en los jugadores del Start el espíritu de una rebeldía que clamaba por todo aquello que se les había arrebatado, un pequeño soplo de libertad y el valor de once hombres que lo gritaban por todos aquellos que no se atrevían. No podían fallarles a ellos y no podían fallarse a sí mismos.

El encuentro concluyó con la victoria del Start por 5 goles a 3. Ya con este resultado en el marcador, el delantero Klimenko se quedaba solo en un mano a mano frente al portero germano. En un claro gesto de desprecio, dio media vuelta y chutó el balón hacia el centro del campo.

Pese a la aparente normalidad con la que todo terminó, los nazis cumplieron sus amenazas. El primero en morir torturado fue Kortkykh. Los demás arrestados fueron enviados a los campos de concentracion de Siretz, acusados de espionaje. Allí mataron brutalmente a Kuzmenko, Klimenko y al arquero Trusevich, que murió con su camiseta puesta. Goncharenko y Sviridovsky, que no estaban en la panadería, fueron los únicos que sobrevivieron, escondidos, hasta la liberación de Kiev en noviembre del 43. El resto del equipo fue torturado hasta la muerte.

Hoy, en las escalinatas del museo del Dinamo de Kiev un monumento saluda y recuerda la hazaña de aquellos hombres. Invita a una profunda reflexión la comparativa entre un fútbol donde un simple maletín es capaz de doblegar la voluntad de un hombre, frente a la de aquellos que no titubearon, tan siquiera, ante a la muerte.

De los héroes, como de la rosa, sólo nos quedan los nombres.

Panyee FC, metros cuadrados de eternidad


Poco parece existir de especial en la historia de unos niños que juegan descalzos al fútbol. En países con bajo nivel de vida o en los que las diferencias sociales entre las clases medias-altas y las bajas son muy marcadas, esa sería una estampa habitual. Aludiendo al recientemente pasado Mundial de Brasil, sin ir más lejos, los niños descalzos y con raídos ropajes que juegan entre favelas y sortean, además de a los rivales, las piedras, el polvo y las adversidades que pueden hallaren esa tierra a la que sueñan con defender, son continuos.

Oxidadas porterías que atestiguaron goles más sencillos pero tan sentidos como el tanto del triunfo en la final de un Mundial

Muchos de esos grandes futbolistas que hoy gametean sobre tapetes impolutos, cegados por los focos de los más grandes estadios de fútbol del mundo y ensorcedidos por el clamor de una masa rendida a sus pies, rememoran con cierta nostalgia esos orígenes que les transportan a escenarios tan dispares.Esos viejos barrios, cuyas tapias les vieron dar sus primeros toques; esas antiguas canchas que les vieron driblar a otros niños con las mismas ilusiones y dispar fortuna; esas oxidadas porterías que atestiguaron goles más sencillos pero tan sentidos como el tanto de la victoria en la final de un Mundial. No tiene nada de especial ver a un chiquillo descalzo jugando al fútbol y cubriendo con su sana imaginación todo aquello que la vida, en ese momento, no es capaz de darle; disfrazándolo de anhelos cumplidos, de realidades etéreas que sólo ellos ven.


Pero lo acontecido en Tailandia hace más de 20 años es un algo más, una demostración tangible de la inexistencia de los límites para quienes persiguen sus sueños. La locura convertida en realidad; lo imposible, construido sobre una inestable base que sentó unos cimientos inquebrantables en la fundación de un equipo de fútbol pero, sobre todo y ante todo, en el establecimiento de unos principios y unos ideales que sólo podían llevarles directos a la gloria.

Un escenario imposible


En el sur de Tailandia se erige la pequeña población de Koh Panyee, conformada por apenas 1.500 o 2.000 personas, dedicadas prácticamente en su totalidad a la pesca. Tan humildes eran sus principios que al llegar a aquellas tierras, hará ahora unos 200 años, no tenían, si quiera, derecho a pisarla a poseerla. Allá por el siglo XVIII sólo los tailandeses tenían derecho sobre aquel lugar; tanto así que aquellos que se establecieron en la zona lo hicieron sobre el agua, dando forma a un pequeño poblado flotante que unía casas y demás construcciones con pasarelas de madera cuyos soportes se hundían en el agua.


Ni siquiera podían permitirse la licencia de emular los logros de sus ídolos

Siendo el lugar apenas una pequeña extensión de madera sobre la bahía, donde para desplazarse era siempre necesario hacerlo en barca, aquellos niños que soñaban viendo a sus ídolos del balón en televisiónparecían condenados a eternizar el anhelo; ni siquiera podían concederse la licencia de emular sus logros. Cerrar los ojos y corretear sobre un campo de arena, descalzo, imaginando el mullido tacto del césped bajo los pies y convertir el ruido de las olas en un ensordecedor bramido de la grada; imaginar el estallido del gol en un arco imaginario, el 'uy' enrabietado de la ocasión fallida. Nada de eso parecía si quiera un recurso capaz de saciar la distancia entre los sueños y la cruda realidad, pues ni siquiera existía una extensión de superfície a la que poder denominar 'campo'. El Mundial de 1986, sin embargo, no hizo sino convertirse en una tentadora provocación par aquellos niños, que dieron rienda suelta al sueño.

Manos a la obra por una locura


"El que quiere hacer algo, busca el medio; el que no, busca la excusa".Esta rotunda aseveración de Stephen Dolley bien pudo haber sido la primera piedra en la construcción de una idea alocada; una idea con cabida sólo en la mente de un niño. O de varios. Y es que si no existía ese campo de fútbol donde liberar ilusiones, ellos lo construirían. La ardua tarea de recolectar pedazos de madera para unirlos entre sí hasta crear una superficie en la que echar a rodar el balón, no se vio, en ningún momento, trabada por esos adultos que negaban, con incredulidad y serena resignación, las posibilidades de que la peripecias de aquellos niños acabasen sirviendo de algo. Pero sirvieron.


La superficie, llena de astillas, clavos y de reducidas dimensiones, alimentó su técnica en el juego

En poco se parecía a un campo de fútbol. En poco se parecía, incluiso, a una superfície en la que resultase mínimamente recomendable correr. Lleno de astillas, clavos que sobresalían y de reducidas dimensiones, aquel espacio se convertía en todo un desafío para esos muchachos, desterradores de impedimentos y arietes de los muros de la limitación. Decididos a convertir la adversidad en oportunidad, todo aquello que dificultaba la práctica del fútbol, no hizo sino alimentar su técnica en el juego. Si el espacio era pequeño, los regates y pases en corto se potenciarían; si el balón salía fuera del campo, un buen chapuzón lo solucionaría y tanto fue así que la destreza de aquellos muchachos contagió a un pueblo que liberó las reticencias en volandas de la ilusión.
Sin límites

Los recelos iniciales que habían caracterizado a todo aquel que de inicio no formó parte de la alocada idea, acabaron sucumbiendo en una alianza común paraabastecer a aquel equipo, el Panyee FC, de una equipación a la altura, que permitiera a los muchachos tomar parte en la Pangha Cup, un torneo que les permitiría dar un paso más en la persecución del sueño, algo que iba incluso más allá de los grandes estadios, de las grandes cifras de fichajes millonarios: la extrapolación de un ideal sin limitación. Y así fue. Con sus correspondientes equipaciones, el equipo tomó parte en el torneo, plantándose, contra todo pronóstico, en las semifinales del mismo.Allí, de nuevo la adversidad sirvió de particular fragua para forjar a fuego el nombre de aquellos muchachos. A fuego o a agua.


En medio de una fuerte lluvia y con el marcador adverso por 2-0; calados hasta los huesos, llenos de barro y cansados pero de nuevo y, como si el más fiel juramento se tornase obligación en sus cabezas, la negativa a claudicar. Bastó con el tiempo de descanso, con despojarse de los zapatos y dar rienda suelta a todas aquellas enseñanzas que, en la tabla flotante de su población natal, les había enseñado a moverse sobre el filo de la navaja; en sus mentes, los recortes, los pases, los controles e incluso las heridas, los parones, los chapuzones. Todo aquello se aunó convertido en refuerzo para establecer un increíble empate en el marcador. Una llamada a la victoria más allá del resultado, que finalmente no acompañó.

El tanto de la derrota no eclipsó la gesta de aquellos niños

En el último minuto de partido, el conjunto rival anotaba el gol del triunfo, un tanto que no eclipsó en absoluto la gesta de aquellos niños que le habían enseñado a su pequeño y reducido mundo que el límite es sólo algo que establecen aquellos que, carentes de osadía y dominados por el miedo al fracaso, se niegan oportunidades de ver avanzar sus sueños, un camino cuyo final nunca es el fracaso porque verdaderamente y más allá de números, el triunfo es la intentona, la no aceptación de barreras y la ilusión como banderapara arrastrar a otras personas en una meta común.

Un nombre forjado de sueños


25 años después, hablar del Paynee FC supone hablar de uno de los clubes de fútbol más exitosos de Tailandia. Siete veces consecutivas campeón Juvenil del torneo, desde 2004 y objeto de documentales, historias escritas y líneas en el particular libro de ese otro fútbol que no brilla ni rebosa magnificencia pero que, como todo lo sencillo, destila un aroma especial porque todo aquello que se logra, sea mucho o poco, deriva de uno mismo.


Si las bases de aquella pequeña población pesquera se sustentaban en esos viejos tablones de madera que se hundían en el agua, anclando sus cimientos, los soportes de aquel equipo no son menos resistentes, aunque a diferencia de aquella pequeña extensión de madera flotante, los límites de aquellos niños, eran inexistentes; una idea extrapolada a un futuro que ha de seguir honrándoles.

Alemania no entiende de ciclos


La vertiginosa inercia a la que el planeta gira diariamente decelera a medida que la gran final planetaria de selecciones se aproxima; un cambio que seguramente perciben incluso aquellos a los que el balompié no ha captado bajo su magia hipnótica. En un mundo, el del fútbol, conformado por imágenes para el recuerdo, por segundos de ensueño e instantes inolvidables, lo que da de sí una final de la Copa del Mundo es algo incomparable, cuyos momentos previos suman en la expectación de la apoteosis final, la que vivirá Maracaná, escenario inigualable, en apenas unos pocos días. La cuenta atrás ha empezado ya, pero, a pesar del peso del gran partido, de la batalla final, aún resta lo más importante: sus protagonistas.Las semifinales dirimirán a las dos selecciones más poderosas del planeta en la actualidad, aquellas con la que la fortuna se ha aliadoen una cadena sin margen de error para llegar hasta este momento.



Alemania ha de trasladarse a Italia 90 para evocar su último título mundial

A pesar de la presión que se sabe sobre las cabezas de los jugadores brasileños por todo cuanto lleva implícito disputar la competición en su país, ante su gente y en una situación social especialmente complicada, no son pocos los que opinan que esa presión o parte de ella, se trasladará hacia su gran rival, Alemania en la pugna por la última plaza, el último peldaño. No sería para menos: el combinado germano ha de trasladarse hasta Italia 1990 para rememorar su última conquista mundial; demasiado tiempo de espera para una selección que ha exhibido un gen combativo inigualable a lo largo de los años, demostrando que sus logros y proezas van mucho más allá de un ciclo glorioso. La germana no entiende de eso y sí de una filososfía común que inculcar a los más jóvenes en justo cumplimiento con el legado de unos veteranos que no exigía menos.

La primera centenaria mundialista


Brasil e Italia la superan en cuanto a estrellas: la canarinha porta cinco, orgullosa sobre su escudo, mientras que la azurra luce cuatro. Tres son las que brillan sobre el regio pecho de los alemanes, pero nadie les discute la condición de centenaria que alcanzaba Alemania el pasado mes de junio, convirtiéndose en la primera selección nacional del planeta que rebasaba los cien encuentros disputados en los mundiales. Partidos cargados de emociones, de lecciones y de historias, de enseñanzas e ideales que han fortalecido, más si cabe, la condición de favorita con la que, junto a otras tantas, siempre parte la Mannschaft.


Ni siquiera el hecho de haberse ausentado de dos citas mundialistas sirvió para que el combinado que actualmente dirige Joachim Löw se haya quedado rezagada en cuanto a partidos a sus espaldas; dos citas de las que, además, no se ausentó por escapársele la clasificación, sino por causas bien distintas. Como no podía ser de otro modo y como si la propia historia del Mundial ya percibiese lo que Alemaniaiba a ser, esta fue invitada a la primera edición del torneo, disputado en Uruguayallá por 1930.

Sólo ha faltado en dos mundiales: renunció a uno y le prohibieron su participación en otro

En unos tiempos más auteros y alejados de la pomposidad que envuelve hoy al fútbol, el combinado germano hubo de renunciar por los altos costes que le suponía un viaje a través del Atlántico. La segunda ausencia de la selección teutona le hace un guiño al actual Mundial: en 1950, de nuevo sería Brasil el encargado de organizar la disputa del campeonato del mundo, una edición de la que Alemania, en cumplimiento con el castigo impuesto tras la barbarie de la Segunda Guerra Mundial, se quedaba fuera.

Una asidua en las rondas finales


Tres títulos, cinco semifinales y cuatro subcampeonatos

Si por todo cuando hay en juego, podría entenderse la generación de cierta presión sobre los jugadores de la selección alemana de fútbol, otros datos exponen lo contrario: la veteranía es un grado, dicen muchos. Y en lo que a veteranía en la rondas avanzadas del campeonato del mundo se refiere, poco queda por enseñarles a los germanos. Tres títulos (Suiza 1954, Alemania Federal 1974 e Italia 1990); cuatro finales perdidas (Inglaterra 1966 ante el combinado anfitrión; España 1982 frente a Italia; México 1986 frente a Argentina y Corea del Sur y Japón 2002 ante su rival, Brasil). Cinco semifinales y tres cuartos de final, quedando como su peor participación en unMundial la acometida en Francia 1938, donde los germanos caían en laPrimera Fase, certificando un décimo puesto.



Vivió su mejor racha como Alemania Federal


Aquel sería el inicio de Alemania Federaldentro de la competición, cuando además, la selección germana desarrolló sus mejores participaciones, conquistando sus tres entorchados, rubricando tres de sus cuatro subcampeonatos y despidiéndose en dos semifinales y una Segunda Ronda ante Argentina. No obstante, si la alemana se ha erigido en una especialista en las rondas finales, con las semifinales, concretamente, lo hace de forma especial; no en vano, Alemania es la selección que más semifinales ha disputado en un Mundialde fútbol con sus cinco.

En Italia 1934, Alemania sucumbiría en las primeras 'semis' que alcanzaba ante una Checoslovaquia que acabaría cayendo en la final frente a Italia. Veinte años habría de esperar la selección germana para volver a disputar unas semifinales después de caer en Primera Ronda en Francia y quedar excluida de Brasil 50, tal y como se mencionaba anteriormente. Los germanos no desaprovecharían la ocasión y después de tumbar a Austria en semifinales por un escandaloso 6-1, alzaría su primer título mundialista ange Hungría en Suiza 54.

El asalto a la revalidación del entorchado planetario se haría sólo cuatro años después (Suecia 1958) pero esta vez, Alemania caería ante el anfitrión, que más tarde capitulaba con la canarinha. Después de un 'patinazo' en Chile 1962, la teutona retomó la ronda previa a la gran final durante tres mundiales consecutivos:Inglaterra 1966 la vio imponerse en la citada ronda a la Unión Soviética para caer frente a la propia Inglaterra. En México 1970, Alemania haría lo propio, cayendo en 'semis' ante Italia y disputándose la tercera y cuarta plaza conUruguay (venció el combinado germano). En su propia casa y ejerciendo como discutible anfitrión, el equipo alemán no dio concesiones y se embolsilló su propioMundial tras vencer en semifinales a Países Bajos.


Eso supuso el final de Alemania Federal y el inicio de la Alemania tal y como se conoce hoy, con un subcampeonato, dos semifinales y dos cuartos. Corea y Japón 2002 la llevó a retomar una ronda previa a la gran final ante Corea del Sur, accediendo Alemania a la final, donde capitularía ante Brasil. De nuevo en su casa, las cosas no fueron tan bien como en el Mundial de 1974 e Italia sería la que le amargaría la fiesta, eliminándola en 'semis'. Sudáfrica 2010 fue el último campeonato del Mundo que vio a Alemania alcanzar la semfinal y en esta ocasión, la mediría con España, que despidió a la Mannschaft para alzar el primer título de su historia.

Alemania no entiende ciclos


En cada torneo, existen esas selecciones que se rebelan a la hegemonía de las más grandes y buscan, con ilusión, esfuerzo y trabajo, su lugar en la historia. Muchas, incluso lo consiguen, dejando su impronta en las páginas de un libro legendario que les recordará siempre. Su grandeza, no obstante, es diferente. La proeza de extender el desafío que va hacia los rivales también hasta el implacable avance del tiempo, bien ha de ensalzarse en un reconocimiento a la altura; porqueAlemania no entiende de épocas doradas o generaciones de ensueño. Su particular código es un constante desafío y una constante exigencia a la que sólo llegan las mentes más ambiciosas; esos jugadores insaciables que saben que la honra a sí mismas y a su pasado no está en la conquista, sino en la perpetua lucha sin descanso, en ser capaz de trazar un constante camino hacia la gloria. No importa cómo ni de qué manera, pero el gran sello de Alemania es su gen competitivo.


Un ideal que, transmitido de veteranos a noveles, se perpetúa, inquebrantable e inamovible en una idea que va más allá del pensamiento, que recorre la sangre de los jugadores germanos y bombeados en el corazón, conquista piernas, brazos y alma. Fiel a sí misma, al fútbol, a la grandeza y a la ambición, la germana no falta nunca a su cita con el mundo del balompié. Respetada a la par que irreverente,Alemania desafía a la mismísima Brasil en su casa para clamarle al planeta fútbol que si Brasil prescindió de ella en justo castigo en los 50, hoy resarce su culpa en el mismo escenario que le privó de su brillo hace medio siglo.

Y el Madrid volvió


13 de junio de 1956. Parque de los Príncipes, París. 38.239 almas, testigos presentes del inicio de la leyenda. Y sobre el césped, epicentro de un escenario mucho más austero que los deslumbrantes focos que ciegan hoy desde la flamante y glamourosa Champions League, dos contendientes: Real Madrid y Stade de Reims, la primera final de la historia en la ciudad de la luz, único foco necesario para un fútbol campechano y sencillo, puro y del más general disfrute. El blanco y negro teñiría por aquel entonces las crónicas de la primera batalla, una competición cuyo éxito ignoraban incluso sus propios creadores.

La Copa de Europa se convertía en un intento más de buscar una gloria mucho más elevada para quienes, insaciables, ya habían tocado el cielo en sus particulares desafíos. Para el Real Madrid, no obstante, que ya había desplegado sus alas un 6 de marzo de 1902, aquella fecha, acontecida 42 años después, se convertiría, aun sin saberlo, en la de su segundo nacimiento. Y es que el Parc des Princes se convirtió en la particular forja en la que a golpe de goles incandescentes, de la amenaza de la derrota, como el agua que calma al hierro haciéndolo humear y de aquel que observa su obra al verla finiquitada, fraguó una leyenda única en la historia del fútbol mundial.

"La camiseta del Real Madrid se puede manchar de sudor, de barro e incluso de sangre pero nunca de vergüenza", Santiago Bernabéu

Michael Leblond necesitó arrancarle únicamente seis minutos al cronómetro para marcar el que sería el primer gol de una final de la vieja Copa de Europa para el Stade de Reims; un mazazo en los corazones blancos que ni siquiera sabía cómo encajarse; un gol en contra, uno más de esos que, en el devenir de un partido de fútbol, se conveirte en el precio a pagar para un equipo ofensivo, que lanza a sus hordas al ataque y que está dispuesto a cerrar la batalla con bajas, con heridas, con daños y cicatrices. Eso es un gol en contra. Pero... tres vueltas más de la aguja del reloj y segundo mazazo, esta vez, de Jean Templin. Y aquel momento, minuto nueve, algo chascó en la cabeza de aquel guerrero orgulloso vestido de blanco, dispuesto a sangrar para proclamar su victoria pero reacio a la humillación. "La camista del Real Madrid se puede manchar de sudor, de barro e incluso de sangre pero nunca de vergüenza". Las palabras que un día brotasen de los labios de Santiago Bernabéu, comandante general de aquella horda blanca, activó el orgullo de los guerreros, que enarbolaron sus armas, acuciados por ese algo especial que sólo sabe despertar Europa.

No podía ser otro. Alfreo Di Stéfano marcó, en el minuto 14, el primer gol delReal Madrid en la historia de las finales de la Copa de Europa, pues siSantiago Bernabéu era la voz guía del equipo más allá de la línea de cal, el hispano argentino lo era sobre el campo de batalla. El segundo tanto encajado fue un golpe de orgullo que desataba la furia vikinga en una confirmación que llegó con el segundo tanto blanco, el anotado por José Héctor Rial a la media hora, estableciendo un merecido y trabajado empate. Pero Europa no vende baratas sus victorias y esta era una lección que aún tenían por aprender los blancos: Michel Hidalgo adelantaba de nuevo a los suyos en la segunda mitad, lanzando una advertencia definitiva para los blancos, que ya no necesitaron más. Joseíto Iglesias reafirmaba la voluntad 'merengue' de no capitular en el transcurso de unos minutos que ya habían desprendido la suficiente esencia de lo que se pone en liza en el viejo continente. Y en la carrera hacia la extenuación, José Héctor Rial,anotaba el gol del triunfo en el minuto 79 y el estallido de júbilo en el madridismo, que expuso con claridad lo que era la gloria europea.


El Real Madrid conquistaba su primera Copa de Europa, la primera que se ponía en juego y aquello sería solo el principio. Durante la longeva historia de la máxima competición europea, hasta 22 equipos han logrado conquistarla. Muchos de ellos, se mantuvieron en una élite de creciente exigencia que, más allá de convertir a laLiga de Campeones en un desafío, hizo lo propio con el camino hasta ella; en ese trazado, otros desaparecieron, engullidos ante retos que no pudieron resitir. Pero sólo el conjunto blanco se ratificó en la cima europea las suficientes veces, con la suficiente voluntad, el suficiente tesón y la suficiente lealtad consigo mismo como para poder hablar de la Copa de Europa como 'su' competición, como parte de sí mismo. Doce finales disputadas y nueve conquistadas son bagaje suficiente para ello. Así lo siente el madridismo.

Durante 32 años, los blancos se vieron lejos de ese anhelo que habían hecho suyo


Tras una época dorada que encandiló al mundo bajo la jerarquía de un Madrid imperial, la cita con la Copa de Europa y con la gloria tiñó de blanco el corazón de los más fervientes admiradores del fútbol, de los más reacios, incluso; de sus proezas quisieron tomar ejemplo otros tantos, que vieron en el blanco el color de la conquista y en la lucha sin descanso el único camino hacia ella. Pero las pruebas de fuego en el camino hacia la grandeza van más allá de poner frente al reto a quien una y otra vez lo ve superado. Alzarse victorioso en la competición no es fácil pero llegar hasta ella para afrontar el desafío, tampoco y durante 32 dolorosos años, los blancos se vieron lejos de ese anhelo de todos que ellos habían hecho suyo, asistiendo en la distancia como ese amante dolido que ve a su amor platónico en brazos de otro, sin derecho a reclamarlo, sintiéndose digno de ello muchas veces pero conocedor de que la conquista no se merece, sino que se obtiene. Lejos de desesperarse, el glorioso supo esperar su momento, agazapado, curando heridas de derrotas con balsámicos momentos más allá de Europa que daban aire para continuar en la lucha. 

Y ese abrazo esperado, ese idilio interrumpido encontró un escenario y un rival a la altura para reconstruirse. Amsterdam. Juventus de Turin. Y la gloria, 32 años después. El gol de Mijatovic se elevaría a los altares de esos momentos mágicos capturados en recuerdos que conforman el particular museo que existe en la mente de todo madridista. Unos vivieron esos instantes magnánimos como testigos de excepción; otros fueron receptores de las gestas de su equipo por boca de sus mayores, que describen con toda la fidelidad y nostaliga posibles la consecución de aquello que les había hecho grandes. Pero de una u otra forma, a través de lo vivido y de lo narrado, esos goles, esos regates, esos gestos se grabaron a fuego en la memoria de una afición que extiende su particular imperio hasta cada frontera que el Madrid tumbó con fútbol, las fronteras del mundo. En Amsterdam prendió un fuego vivaz que había ido pereciendo lentamente, extinguiéndose y cuya eclosión trató de manterse contra viento y marea, llegando a conseguirse ya en una atmósfera muy diferente a aquella final de París, sencilla y austera, con el fútbol como gran espectáculo. Y de nuevo la ciudad de la luz recibió a su primer campeón.


Año 2000, España como estandarte y capital de la vieja Europa. Real Madrid y Valencia. Estadio de Saint Dennis y los blancos reafirmando su voluntad de que no volvieran a transcurrir tres décadas para alzar una copa, 'suya' por derecho, en una competición en la que, a pesar de la tregua forzada, había brillado y gobernado más que nadie. Fernando Morientes, Steve McManaman y Raúl González Blanco prolongaron el escrito de un libro destinado a no acabarse, a ser siempre capaz de sacar una página más cuando todos lo creen ya concluso. La octava se alzaba al cielo de París y al cielo de Glasgow se alzó la novena dos años después tras una parábola mágica del mago, Zinedine Zidaneque detuvo el tiempo en una tregua de la propia existencia para deleite del planeta fútbol, una obra de arte que no por la sencillez de quien la ejecutaba perdía un ápice de magnificencia. El estratosférico vuelo de aquella volea nacida en botas del astro francés, rompía el empate reinante en el marcador, obras previas de Raúl González -presente el capitán eterno en todas ellas, como presente el escudo- y Lucio, convertido en ese escollo que da lustre a la gesta por afrontar lo adverso.


Cristiano Ronaldo recoge el testigo de Alfredo Di Stéfano


Ahora aguarda sereno el cielo de Lisboa. Por el momento, las del firmamento son las única estrellas que brillan sobre el estadio del coliseo portugués, cuna que vio nacer en lo futbolístico a Cristiano Ronaldo, testigo recogido con firmeza en manos del portugués de aquella leyenda a la que don Alfredo daba forma por vez primera en París. El luso parte hoy con una ventaja con la que no contaba la escuadra de la Saeta Rubia; también con una losa más pesada. La grandeza delReal, esa que durante 12 años desde la última conquista, su afición juró y perjuró que volvería, le otorga en buena parte al conjunto blanco la condición de favorito para alzarse con una corona cuya importancia conoce de sobra; como conoce también el precio de Europa para proclamarse grande. Esa misma grandeza obliga al equipo a rendir homenaje a su pasado en cada andadura sobre un campo de fútbol; con más razón en finales; con más razón en Europa; con más razón aún en finales de Europa.


"Volvermos". Fue el grito unánime de una hinchada responsable y escudera de su propia historia durante años, los mismos que obligó la espera, la superioridad de los rivales y en otras ocasiones, esa fortuna esquiva que se convertía en verdugo de un idilio nunca exento de trabas pero perpetuamente convencido de su realidad: el que existe entre el Real Madrid y la Copa de Europa. El nuevo fútbol la bautizó como Champions League, nombre de más lustre en otros tiempos distintos, de más pomposidad y de más protagonistas que aquellos 22 que saltan al campo. En medio de esa esfera, el madridismo aguarda un momento para la historia, un instante mágico que capturar a salvo del implacable avance del tiempo, imperecedero, eterno; como eterna su historia.

La respiración, contenida; los dedos entrelazados en un mudo ruego al dios del fútbol, si es que este existe, la más absoluta confianza en su equipo y el más regio respeto al rival. Todo eso se conglomera en una magia que sólo existe en las grandes citas europeas, en las noches de fútbol continental porque no por longeva, la historia del Real con la 'Champions' ha perdido un ápice de ese hormigueo que se siente en el estómago y aciende por la garganta para estallar en el canto de un gol marcado, para desgarrarse en la rabia de uno encajado. Todo puede ocurrir en la suerte de 90 minutos -mínimo- en los que durará la batalla pero el Madridplantará cara como siempre se le exige porque independientemente de lo que acontezca en Lisboa, el Madrid ha vuelto.

Argentina, pionera del gol


Fue, junto a Uruguay, la primera selección en llegar a una final de la Copa del Mundo de selecciones; la primera en ver señalado un penalti a su favor y la primera en cometer uno (Fernando Paternoster). Tras su derrota con los charrúas se convirtió en la primera subcampeona del mundo. Fue la primera en ganar la Copa Confederaciones con la citada denominación. Es, junto aFrancia, la única que ha ganado la Copa Mundial, los Juegos Olímpicos, la Copa Confederaciones y su respectiva copa regional (Copa América en su caso); es, tras Uruguay, la selección que más veces ha conquistado laCopa América (14, por los 15 de su rival platense). La albiceleste ostenta el honor, o los honores de haber sido la primera en alcanzar gestas inigualables o de ser la que más veces ha confirmado la proeza, ratificando que no es casualidad.


La historia de la blanca y ceste se remonta a muchos años atrás, haciendo del tiempo su particular escenario de conquistas siendo, de mayor o menor trascendencia, logros que han forjado la identidad de Argentina hasta convertirla en lo que hoy es: una de las selecciones más temidas y respetadas del planeta, asidua a las grandes citas futoblístticas y cuna de los mejores jugadores del mundo. Capaz, incluso de dejar la impronta en aquellos acontecimientos en los que la meta máxima no fue alcanzada, tal y como sucedía en el primer Mundial de la historia. Disputado en territorio 'charrúa' ya aquello parecía un presagio de que el éxito no se aliaría con Argentina en la tierra del gran rival platense, con el que se disputa el denominado 'Clásico de La Plata'. No obstante, si aquel campeonato de debut en la máxima competición mundial a nivel de clubes no le dio a la albiceleste para hacerse con el triunfo en una dolorosa y aciaga final, sí le dio para empezar a escribir su particular leyenda en el mundo del balompié.

Guillermo Stábile, el filtrador


Que en el mundo del fútbol, el camino hacia el triunfo discurre por la senda del gol, es algo indiscutible. Los tantos, el éxtasis en el deporte rey, el momento cúlmen, la razón alrededor de la cual discurren los 90 minutos, ese efímero instante que hace estallar de júbilo o rabia los corazones de quienes los disfrutan o los padecen yGuillermo Stábile, buen conocedor de eso, dio a los suyos más alegrías que ningún otro en el primer Mundial, a pesar de que las dianas no valieran para certificar el título. Fue su única participación en la Copa del Mundo y le bastó para rubicar un nombre convertido ya en historia.


Guillermo Stábile nacía en Buenos Aires el 17 de enero de 1905 y fallecía el 26 de diciembre de 1966. Su carrera futbolística se inició en Sportivo Metán, desde donde llegó a Club Atlético Huracán; allí disputaría nada menos que 128 partidos en los que anotó 100 goles, una cifra que no hacía extrañar lo que después estaría por llegar en la Copa del Mundo de 1930. Sus buenas temporadas en el citado club le llevaron a Europa, cruzando el charco hasta recalar en el Génova; cinco temporadas, 62 partidos y 19 goles le llevaron a seguir avanzando en una evolución imparable hasta las filas del Nápoles. Allí sus dotes goleadoras no se exhibieron con el mismo esplendor y una temporada después, tras 20 encuentros y apenas tres tantos, aterrizaría en el Estrella Roja 93 de Francia, equipo que le vería poner punto y final a su carrera como jugador al mismo tiempo que le veía iniciar la de técnico en el citado club.


Su regreso a Argentina le llevó a entrenar a Huracán, el club en el que había explotado sus mejores cualidades de cara a gol y tras él, San Lorenzo, Estudiantes de La Plata, Ferro y Racing, clubes que le llevaron al gran paso, a su gran oportunidad en los banquillos: la selección donde él mismo había estampado su impronta. Veinte años consecutivos al frente de la albiceleste entre 1940 y 1960, años poco exitosos para Argentina más allá del territorio americano pero de indiscutible éxito ahí: siete copas América y un campeonato Panamericano de Fútbol.

Máximo goleador del primer Mundial


En aquel primer torneo, con apenas 13 participantes, Argentina quedó encuadrada junto a Chile, México y Francia en el grupo A, el único que albergaba a cuatro selecciones, ya que el resto, lo hacía con tres. Argentinadebutó enfrentándose a Francia en un encuentro que estuvo marcado por la falta de Monti sobre Laurent, renqueante durante casi 80 minutos. El jugador argentino sería, además, el que adelantaría a los suyos con un gol de falta anotado en el minuto 81 en un partido que acabaría envuelto en polémica por la señalización del final ante las reclamaciones del combinado galo en plena jugada con ocasión clara de gol incluida de Marcel Langiller.

Stábile debutó con un 'hat-trick' ante México


Tampoco pasaría inadvertido el segundo duelo de Argentina, en este caso ante México, donde Guillermo Stábile empezaría a escribir su particular leyenda con un 'hat-trick' en su partido de debut, ya que no había jugado en el duelo inaugural. El primero de los tantos llegaría mediante la señalización de un penalti, el primero pitado en un Mundial, que transformó el delantero argentino y tras el cual se señalarían cinco penas máximas más. La albiceleste vencía, finalmente por un abultado 6-3. El tercer y último encuentro de la fase inicial enfrentaría a Argentina con Chilepara decidir la clasificación del equipo que accedería a las semfinales del torneo; en la línea de lo acontecido en los dos duelos anteriores, la controversia haría acto de presencia a partir de una falta cometida por Monti sobre Arturo Torres, que no impediría la victoria albiceleste por 3-1.

Las semifinales cruzarían el camino de Argentina con el de Estados Unidos y la importancia del partido exigía de la aparición de esos nombres importantes entre los que Stábile deseaba estar. Y estuvo. Autor de dos de los seis goles que llevaron a su combinado a la gran final junto con la anfitriona, Uruguay, la goleada de losgauchos se repartió de la siguiente forma: Monti abrió la lata en el minuto 20 para que Alejandro Scopelli agrandara distancias ya en la segunda mitad.Stábile aportó el tercer y cuarto gol respectivamente para sumar su doblete al deCarlos Peucelle, que cerró la goleada. Los norteamericanos no pudieron más que rubricar el tanto del honor por mediación de Jim Brown en el 89.


La gran final lo tenía todo para hacer de la primera participación argentina un éxito pero también lo tenía para Uruguay, con el plus de que esta jugaba en casa, ante su gente y con la firme necesidad de cumplir y regalarle a los suyos la primera gran alegría a nivel mundial. A esta cita tampoco faltó Guillermo Stábile con su gol, un tanto que le serviría para calificarse como máximo artillero del primerMundial de fútbol pero no para hacer campeona a su selección, que sucumbió a los tantos de Pablo Dorado, Pedro Cea, Victoriano Santos Iriarte y Héctor Castro. El gol de Stábile, que se sumaba al inicial, anotado porPeucelle, sólo habría servido para recortar distancias y maquillar el resultado: 4-2 y el primer cetro mundial se quedaba en Uruguay. Stábile cerraba su participación total en la Copa del Mundo con ocho tantos en diez partidos.

Cesáreo Onzari: primer gol olímpico de la historia


Si hablar de gol en Argentina en el primer Mundial de la historia suponía hablar de Guillermo Stábile, hacerlo de una de sus modalidades más complicadas y bellas, llevaría a otros nombres ilustres del panorama futbolístico. De rebote, en jugada individual, en triangulación colectiva, de chilena, de falta, de cabeza, con la zurda o con la diestra. Todos los goles tienen el mismo valor pero no todos poseen la misma factura y lo que parece indiscutible a día de hoy es que el conocido como gol olímpico es de los más complejos y llamativos de todos cuantos pueden anotarse. Como no podía ser menos, también Argentina es pionera en esta faceta.


Tras la flamante victoria de Uruguay en los Juegos Olímpicoso de París(1924), el combinado charrúa y Argentina organizaban dos amistosos en calidad de local y visitante, el primero de los cuales se disputaría en Montevideo el el 21 de septiembre, con empate a uno. El segundo de ellos, que tendría lugar enBuenos Aires, se disputaría una semana más tarde en el Sportivo Barracas, atiborrado hasta la bandera y que según las crónicas de la época rebasaba de forma considerable el aforo establecido, tal era la expectación que generaba el duelo que seis años después supondría la primera final mundial de la historia. A pesar de esto, o precisamente por ello, el encuentro hubo de ser suspendido, al quedar prácticamente invadida la zona del terreno de juego, llegando el público a la línea de cal que delimitaba el campo. El dos de octubre se reanudaría el choque y para evitar que volviera a suceder lo acontecido en el primer intento, se colocó un alambrado de metro y medio para impedir el paso del público .

Ese mismo año, el córner dejó de considerarse un libre indirecto


Corría el minuto 15 del primero tiempo cuando el delantero de Huracán, Cesáreo Onzari,botaba un córner que acabaría alojándose directamente en el fondo de la malla uruguaya, un tanto histórico que concedió un nuevo honor a la albiceleste, aunque se tratase de un amistoso: el primer gol olímpico de la historia. Al haber anotado el gol frente al combinado que por aquel entonces ostentaba el título de campeón olímpico, el tanto acabría recibiendo la citada denominación, una gesta que era posible gracias a que en ese mismo año, la reglamentación que hasta entonces había calificado el lanzamiento de esquina como un saque indirecto, se había modificado permitiendo al jugador introducir el balón en la portería sin que tocase a ningún otro futbolista. Sería un gol distinto, destinado a quedar en la historia por ser el primero en producirse de la mencionada forma pero no fue el único que se produjo durante el partido: Cea igualó para los suyos en el 27 yTarasconi adelantó de nuevo a la albiceleste en el segundo tiempo.

El partido, que había empezado ya de forma accidentada, acabó del mismo modo con la retirada cuatro minutos antes del final por parte de los uruguayos en medio de la caída de todo tipo de objetos desde la grada y, acusados por los argentinos de emplear un juego excesivamente brusco, que había acabado con la fractura de tibia y peroné del jugador Adolfo Celli. A pesar de todo lo que dio de sí el encuentro, incialmente amistoso -una utopía entre Argentina y Uruguay-, sería recordado por propios y extraños, ante todo y sobre todo por el fantástico gol conseguido porOnzari, el primer gol olímpico de la historia.

Di María, el Ángel Guerrero


Su físico ya habla de él, cumpliendo con aquello de que la cara es el espejo del alma. Su cuerpo menudo y fibroso compensa el volumen necesario para escurrirse entre rivales a una velocidad endiablada; sus ojos, vivos, buscan el hueco a través del que trazar un camino imposible; delatan en él el ansia de la ambición sin límites y también la ilusión por la conquista; su capacidad de divertirse, de hacer un juego de un desafío mayúsculo como alzar la copa del mundo al cielo del eterno rival en el particular ring de las selecciones.

Un futbolista que, vencido por el cansancio, se encomienda al corazón


Futbolista eléctrico, explosivo, veloz y esquivo con los oponentes, el propioSabella destacaba, incrédulo, tras el partido que Argentina disputó ante Suiza en los octavos de final, la capacidad del 'fideo' para correr más y más a medida que los minutos avanzaban en el cronómetro. Ni el calor húmedo de Brasil, ni el agotamiento acumulado en los pies tras casi 120 minutos de juego lograban hacer mella en un futbolista que, vencido por el cansancio se encomienda al corazón, al alma, a la garra. Ángel Di María ha hecho historia con su equipo, conquistando un trofeo con una mística especial en el Santiago Bernabéu y en el que está siendo su gran año -2014-, desea poner una guinda de ensueño con el cetro mundial de selecciones, una ilusión que no esconde y que materializa en unas piernas superdotadas. Tampoco los 60 partido a sus espaldas a lo largo de la campaña que ya expiró le minan en la acumulación de quilómetros encuentro tras encuentro.

El socio de todos


El socio de todos y eclipse de nadie. Ángel Di María posee un extraño don para aliarse sin quiebres con los dos mejores jugadores del planeta, enfrentados en prácticamente todo y por prácticamente todo. En el Real Madrid, gambetea en diabluras continuas con fugaces estelas junto a Cristiano Ronaldo, para servirle al portugués mil balones en bandeja que acaban acariciando la malla rival para deleite del respetable. Con Argentina, sus vuelos reiterados hacia la meta del adversario, infatigable, se convierten en regalos de oro para Leo Messi. No obstante, ni ante uno ni ante otro, su magia cierne sombra para erigirse en protagonista. El 'fideo' hace mejores a los mejores, fusionando esa paradoja de elaborar un trabajo sucio ataviado de elegancia, de sutileza, de imposible.


Y es que no hay que olvidar que el fútbol es un deporte colectivo en el que mientras unos brillan, otros hacen el trabajo duro; unos construyen y otros destruyen; unos inician y otros culminan. La labor de Ángel Di María en la maquinaria de la selección argentina no puede ni debe pasar inadvertida. Ha podido verse durante el desarrollo de los partidos: encuentro tras encuentro es Leo Messi quien acapara el reconocimiento que le acredita como el 'MVP' de cada choque; nadie duda de la justicia del galardón pero eso no debe hacer que se ignore el gran trabajo que elabora 'el fideo', que está viviendo un año exultante, tanto en lo que a nivel de clubes se refiere como en la selección.


Un compromiso con Argentina


A pesar de haberse erigido en escudero de los dos futbolistas más gandes del planeta, el 'fideo' se concede licencias más que merecidas, anotando goles que no sólo destacan por su bella factura, sino también por la importancia de los mismos. Su última diana con la albiceleste le sirvió a esta para desatascar un partido atorado ante el muro de Suiza. Lo hizo, además de esa forma tan suya que representa, en el efímero instante del gol, su propia personalidad: a falta de tres minutos, como el dueño de una perseverancia que nunca da nada por perdido; en la enésima cabalgada, con el último aliento, impulsado por el último suspiro; un arañazo en la llegada a la orilla. Y tras la materialización de lo imposible, el estallido de un júbilo que hizo temblar los cimientos de Buenos Aires, que colmó de llanto emocionado las voces que alrededor del planeta cantaban el gol del fideo y concedían a la letra del más desgarrador tango todo el sentido de cuanto lleva implícita la palabra 'querer'.


Porque Argentina quiere el Mundial en justo cumplimiento a un compromiso que adquirió consigo misma en la conquista de su primer cetro planetario y que confirmó en la consecución del segundo; unas premisas que Ángel Di María tiene más que claras y que anhela cumplir en un homenaje a la leyenda de la albiceleste. Grabado a fuego en lo más profundo de sí mismo, el fideo ve convertida en una carrera de fondo la conquista del título: Veintiocho años son demasiados en la espera de la gaucha que, no obstante, nunca desfalleció en la búsqueda de la tercera estrella. En los desafíos donde la prórroga se torna en camino y los penaltis amenazan con un final que juega con el término 'justicia', Di María se alza sobre el resto, en ese fiel recordatorio de lo que la nación argentina prolonga la espera por más de dos décadas; no es velocidad, es resistencia. No es prisa, es perseverancia; un anhelo que se torna cada vez más próximo a ser real.

Argentina afronta su ronda maldita, frontera inesperada y traicionera que se alzó entre ella y la gloria en las dos últimas citas mundialistas. En 2010, las mágicas puestas de sol africanas despidieron a Argentina bajo el yugo de Alemania, mismo verdugo que desposeería a la albiceleste de su lucha por el título cuatro años antes, esta vez en su propia casa, territorio germano, cuyo frío contrasta con el corazón de fuego que late en el pecho de uno de los más férreos guerreros con los que cuenta Argentina, su ángel, Di María.

Estadísticas con prosa


Incluso los números, fríos emisarios de datos tan certeros y fieles a la verdad como alejados de lo inexplicable del sentimiento, traducen en magia sus proezas sobre el campo. El 'fideo' ha completado todos y cada uno de los cuatro encuentros que Argentina ha disputado en laCopa del Mundo, donde ha concedido ya una asistencia y un gol vital para los intereses de su gente, y si bien en cada uno de los 390 minutos en los que ha sudado tinta, se le ha reconocido una labor encomiable, en alianza con el tanto ante Suiza su nombre fue un grito unánime en el planeta.

El último encuentro fue un Ángel Di María en toda regla: seis disparos a puerta desde distintas posiciones: en los dominios del área y en los trazados lejanos del aire que surcaba el cuero buscando un camino que encontró sólo una vez. Suficiente. El 'fideo' completó el 67% de sus pases, convirtiéndose en un continuo tiralíneas, que localizaba en cada momento la mejor opción, al mejor compañero, la mejor ubicación. Bombardero inagotable envió centros al área sin descanso -12 en total- en sus continuas subidas por sendas bandas, convertidas en autopistas para la ocasión.


La evolución de Di María, además, en los últimos años, acentúa la importancia de su presencia en el centro del campo argentino, como también en su equipo; futbolista comprometido con la causa de vencer, no desaprovecha ni un ápice del físico con el que la naturaleza le dotó e invierte cada gota de sudor en movimientos favorables a los suyos: sube a atacar, baja a defender y sus piernas son, mil veces, creadoras de la jugada clave, de ese movimiento, de ese toque sutil o de ese trallazo envenenado.

El enganche perfecto, la conexión anhelada entre una zona con pura dinamita -la delantera- y otra que adolece de males peligrosos -la defensa-. Arriba, el fideo descubre huecos, insaciable; abajo, los tapa y cubre sin que ese esfuerzo de más haga resentir su rendimiento en su labor natural. Ángel Di María es la chispa que recorre la mecha en busca de esa explosión de gol, suyo o de un compañero, en jugadas mágicas que esta vez no se conforman con el deleite planetario; además, pugna por su reinado.

Y a la décima conquista su corazón descansó


No podía ser de otra forma. Empezó un arduo trabajo que consistía en convertir a un club de fútbol en leyenda y en la tarea invirtió su vida entera. En un fútbol ataviado de la sencillez del blanco y negro, con esos balones alejados de efectos extraños que requerían de un impacto con el alma para atravesar metas rivales, en campos de fútbol donde el barro y la imperfección se convertían en parte ornamental de una batalla tras otra, Alfredo Di Stéfano dio inicio al mito. Su controvertida llegada a Chamartín supuso un punto de inflexión que, probablemente, ni siquiera él mismo podía imaginar. Los devenires de la vida y el fútbol se las ingeniaron para que aquel argentino campechano acabase vestido de blanco y defendiendo con vehemencia un escudo que acabaría haciendo suyo.


Resulta curioso saber que los cimientos de algo tan poderoso como el Real Madrid descansan sobre la sencillez de Don Alfredo

Los jugadores van y vienen; durante ese vertiginoso trayecto, pocos logran aliarse con los colores desde un sentimiento sincero; mucho menos enamorarse; enamorarlos. Pero Don Alfredo era argentino y la conquista era parte inherente de esa sangre que latía en su corazón y recorría sus venas con la misma vitalidad con la que él gambeteó sobre el césped de los más grandes estadios del mundo. La Saeta no sabía hacer algo sin ponerle corazón, sentimiento. Ese corazón que el pasado sábado le fallaba y que durante toda su vida alentó cada paso que dio en una lucha insaciable por ser quien fue, quien es y quien será siempre; por hacer del Real Madrid la mayor institución deportiva en la historia. Resulta curioso saber que los cimientos de algo tan poderoso descansen sobre la sencillez y la humildad que destilaba Don Alfredo.

Un corazón que, desafiante en lo más vigoroso de su vida, fue capaz de doblegar a las indomables gradas de Chamartín, nunca henchidas de éxito, siempre insaciables y generadoras de una exigencia sin límite, sin piedad, sin concesiones."El Real Madrid era como la canción de Alberto Castillo -decía Don Alfredo- 'Todos queremos más, todos queremos más, más y más y mucho más'. Era una fuente inagotable de deseo y la responsabilidad iba aumentando". Esa humilde molestia de perderse en los entresijos del Madrid, en sus entrañas, en sus latidos, de entender los mecanismos internos de su funcionamiento, llevaron al hispano argentino a convertirse en parte insustituible de él.


Aquellas conversaciones campechanas con Don Santiago Bernabéu son hoy una imagen tan mítica como los grandes goles que dejaron su impronta en cada estadio y que escribieron un pedazo de la historia para el club de su corazón. 739 partidos jugados; de ellos, 469 con el Real Madrid. 523 goles anotados, siendo 357 para su Real, aunque los números sean hoy lo de menos. Ese equipo al que convirtió en el más grande consiguiendo, por primera vez, cinco Copas de Europa consecutivas. El Madrid de don Alfredo despertó un sentimiento alrededor del mundo que conglomeró en sí mismo una fusión de conceptos tan complejos como fascinantes: la admiración sin envidia malsana; el aplauso sincero del que, más allá de colores, se rendía a la evidencia de un fútbol como forma de vida, como diversión, de unos retos constantes acometidos con una sonrisa en la cara, consecuencia natural del que disfrutaba haciendo lo que más amaba. Sin la presión de una exigencia que Don Alfredo llevaba grabada a fuego en sí mismo, en su natuaraleza, en su personalidad.

Di Stéfano: "Yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno"
Y no todo fue siempre de color de rosa en la vida de La Saeta, que superó trabas y obstáculos en la firme convicción de que lo verdaderamente importante acarreaba sufriemiento; nunca hubo triunfos sin remontadas, sin rivales grandes enfrente, sin desafíos más allá de los cuales aguardase un vacío incierto amenazando fracaso. "En las malas, para demostrarles que no me achicaba, yo me acordaba de una máxima de Martín Fierro que dice: 'Yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno' ". Las palabras, fruto de una labia tan irresistible como su propio fútbol, evidenciaban que el miedo no tenía cabida en su existencia. Todo cuanto el destino deparó en su vida fue afrontado y del triunfo y la derrota Don Alfredo extrajo siempre algo positivo.


No podía marcharse sin su Décima


En ese conocimiento sereno de que lo bueno se disfruta y lo adverso se supera y queda atrás,Don Alfredo esperó paciente, coronada su ilustre carrera como presidente de honor de unReal Madrid que ya no le vio nunca moverse de su lado; La Saeta esperó, con calma, con tranquilidad, convencido de que aquellas viejas glorias que hicieron grande a suReal, volverían. La Sexta apenas le había hecho esperar tiempo atrás; la Séptima se hizo algo más de rogar, mientras que la Octava y la Novena le regalaron un espejismo del camino que él mismo trazó, convertido ya en un símbolo tan sagrado como el escudo, algo al alcance de pocos; de muy pocos jugadores sobre el planeta. Pero la Décima sería especial: sería la última para él. El premio a la paciencia perseverante de quien ya no podía batallar por las conquistas sobre el tapete de un campo de fútbol pero lo hacía en la faceta de aficionado experimentado, con la seguridad de que llegaría. No podía marcharse sin su Décima y en realidad, más allá de un corazón que, cansado y lleno de vivencias que guardará para siempre en un viaje sin retorno, ha dejado de latir, Don Alfredo se concede la licencia de vivir para siempre.


Su corazón seguirá latiendo en cada gol, en cada estallido de la afición, en cada copa que se alce al cielo... y en cada golpe del que el Madrid se levante
En el Real Madrid, La Saeta Rubiaentregó su fútbol, su vida, su sangre, su voluntad y su todo. Entregó su ilusión, su lealtad, su fidelidad, su amor, su devoción. ElSantiago Bernabéu nunca dejó de percibir su presencia; una sombra alargada que permanecerá infinita en ese césped perfecto, impoluto que atestiguó jugadas para la eternidad; su camino está trazado y el sueño de aquel argentino que llegaba a España es una realidad confirmada desde hace muchísimos años. Todo eso, le concedió a Don Alfredo la licencia de ataviar su corazón con un escudo que prolongó sus latidos un tiempo extra, rebelándose ante el final de un partido que nunca quiso acabar: el de respirar. Por todo eso, también, el corazón de Don Alfredo seguirá latiendo con cada zancada que un jugador del Real Madrid dé en la búsqueda de ese gol, con cada estallido de un estadio entregado a la victoria y con cada copa de Europa que el capitán madridista alce al cielo. También en cada golpe del que los blancos se levanten y en definitiva, en todo aquello que denote que de don Alfredo Di Stéfano Laulhé se aprendió algo, que de él quedó un legado que trasciende a lo futbolístico y corona lo humano.

Ahora es tiempo de que La Saeta se reúna con Santiago Bernabéu, su gran valedor, en otra de esas charlas tranquilas con el presidente para comentar un triunfo en un partido digno de enmarcar: el de su propia vida. Descanse en paz,Don Alfredo.