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domingo, 30 de noviembre de 2014

Argentina en los Mundiales


"De chiquilín te miraba de afuera como a esas cosas que nunca se alcanzan... La ñata contra el vidrio, en un azul de frío, que sólo fue después viviendo igual al mío...Como una escuela de todas las cosas, ya de muchacho me diste, entre asombros: el cigarrillo, la fe en mis sueños y una esperanza de amor". Desligar a Argentina de la letra de un tango es algo tan imposible como desligarla del fútbol. Sus notas destilan esa pasión con la que la albiceleste pisa el campo en cada duelo; sus lamentos son un fiel reflejo de los anhelos por todo aquello que se sueña sin tener, los triunfos de otros convertidos en afanes propios; su rítmica es la equivalente a la cadencia con la que el balón zigzaguea sobre el tapete, bailando con el gaucho que la lleva pegada al pie y el sentimiento que despierta el nostálgico acordeón que maldice lo perdido y presume la conquista yace en el mismo límite que establece la línea de un gol. El desgarro de la derrota, el estallido del triunfo, una marca grabada a fuego en la piel, el corazón y el palmarés de todo argentino.

Argentina albergó su primer Mundial en la XI edición


"Cuando me abriga la noche y canta la luna con luz de cristal, siento las voces que un día me dieron lecciones de amor y verdad. Voy estrechando, entre sueños, las manos que siguen ofreciendo paz, busco en un mar de fantasmas un puerto a mi barco cansado de andar...". Argentina había caído ante Uruguay en la primera edición del Mundial (1930) Y el barco encontró al fin ese puerto con tierra de plata y corazón de hierro tras una espera de más de 48 años, los mismos que hubo de aguardar Argentina para convertirse en sede de una Copa del Mundo, la décimo primera edición. Hasta entonces, las conquistas de Uruguay, Italia, Alemania, Brasil e Inglaterra se habían vivido desde la Tierra del Fuegocomo reflejo de todo aquello que algún día se habría de llegar a ser. Argentina se coronaba en el continente americano pero el mundo parecía una cima demasiado elevada como para, tan siquiera, pensarlo, una idea que hubo de grabarse en la mente de los suyos de la forma más dolorosa, como la letra de esos tangos que languidecen en las barras de un bar, acompañados de aquel que escucha sus penas: a la estocada inicial de Uruguay en el primer campeonato del mundo dondeArgentina tomaría parte (1930), plantándose en la final para hincar la rodilla en el clásico del Río de la Plata, pasando por una rapidísima eliminación cuatro años más tarde y un vil destierro de los tres siguientes mundiales hasta que Suecia 58 le abrió de nuevo sus puertas para ver triunfar al que acabaría convirtiéndose, históricamente en el gran rival de la albiceleste por el trono futbolístico planetario:Brasil.

"Tengo que decirlo, no puedo evitarlo: a fuerza de golpes se aprende a vivir. Si en tantas caídas fui barranca abajo, también en la vida aprendí a reir". Y es que si en buena parte las heridas y cicatrices dan identidad al guerrero, a la albiceleste aún le quedaban tiempos de arder en las forjas de su particular leyenda. Tras el mal papel en Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66; la no clasificación para México 70 y el pobre papel desarrollado en Alemania 74, al fin llegaría su gran momento. El país con capital en Buenos Aires era designado para dar cabida a su primera cita mundialista, algo que provocó el rechazo desde varios sectores, debido a la dictadura militar que se había instaurado en el año 76 y a la violación de los derechos humanos, lo que si bien no supuso la retirada de ninguna selección sí lo hizo de alguno de esos jugadores que daban lustre al campeonato, comoJohan Cruyff. Más allá de las circunstancias sociales y políticas que envolvían al evento, lo que sí parecía seguro, a tenor de lo visto en los anteriores campeonatos del mundo, era que la anfitriona, única y exclusivamente iba a ejercer de eso, una idea que si bien podía existir en la mente de muchos, no lo hizo en la de la albiceleste.

César Luis Menotti, el punto de inflexión

Con él llegarían a la albiceleste jugadores como Passarella o Kempes

"Uno busca, lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias... Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina...". Y fe, precisamente, no le faltó a Argentina en sí misma ni en sus posibilidades. La llegada deCésar Luis Menotti, tomando los mando de la albiceleste, sería el primer paso para el cambio, el punto de inflexión, el antes y el después, el inicio de la leyenda. Con aires renovados y jugadores de la talla dePassarella, Fillol, Tarantini o el mismísimo Kempes, llegaría la blanca y celeste al campeonato del mundo, su campeonato del mundo. Encuadrada en elgrupo A, junto a Italia, Francia y Hungría, la anfitriona arrancaría de la peor manera posible, encajando un gol del combinado húngaro a los diez minutos de partido. No obstante, tirando de esa casta tan propia de los argentinos, la selección que por aquel entonces entrenaba Lajos Baroti vio cómo la gaucha le remontaba, gracias a los tantos de Luque, tan sólo cinco minutos después, yBertoni, al borde de la finalización (minuto 83). Algo más complicado resultaría, incluso, el segundo duelo ante la Francia de un jovencísimo Platini. A pesar de anotar el primer tanto del encuentro, por mediación de una pena máxima bien ejecutada por Passarella, el que hoy ostenta el cargo de presidente de la UEFAanotaría el empate a uno con una hora de partido cumplida; una balanza que acabaría decantándose finalmente con el postrero e importantísimo gol de Luque, en el 73.


"Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Bajo el ala del sombrero cuantas veces, embozada, una lágrima asomada yo no pude contener...". Ni lágrimas ni vergüenza pero empatado a puntos, con las mismas victorias y sólo distinto número de goles, Italia y Argentina llegaban a la última jornada de la fase de grupos con todo en el aire. El solitario tanto deBattega en el minuto 67 le resultaría suficiente a la azurra para liderar el grupo y pasar a la siguiente ronda en el mismo saco que Alemania Federal, Austria y los Países Bajos. Argentina, por su parte, lo hizo como segunda, junto aBrasil, Perú y Polonia.

Controversia en la semifinal


"Para ti van mis canciones impregnadas de franqueza, que refleja en su nobleza acuarelas de arrabal. Arrabal de mis andanzas, barrio feliz de mi rango, yo te brindo en este tango mi homenaje más cordial". Homenaje que quiso darle la albiceleste a su gente en la firmeza con la que se iniciaba la andadura hacia aquel momento mágico, sueño en las cunas de todo muchacho argentino. Inauguró el combinado anfitrión la última ronda ante Polonia con una cómoda victoria por 2-0, merced el doblete anotado por Mario Kempes. Un perfecto inicio que conducía a lo que hoy se consideraría como una final anticipada: Argentina se veía las caras con Brasil en un encuentro donde sólo faltó el gol, certificando un empate a cero que dejaba todo pendiente de la última jornada y sólo a Perú fuera de la pugna por la clasificación a la gran final. Con tres puntos en el casillero de la blanca y celeste y otros tres en la de la verde amarelha, sólo la diferencia de goles se decantaba por los brasileños. Por su parte, Polonia era la tercera en discordia con dos puntos pero con posibilidades, si el azar lo deseaba, de verse en el Estadio Monumental de Buenos Aires en aquel glorioso 25 de junio de 1978.



Argentina necesitaba ganar por 4 goles de diferencia; lo hizo por 6


"Dejá que sigan diciendo, que hablen y critiquen todo el amor que yo te doy. Dejá...no sigas llorando, no sigas sufriendo...es porque no saben lo que es el amor". Amor, idilio con la ansiada final y un anhelo inconentenible por acudir a su cita con la gloria. Todo eso había guiado a Argentina en una segunda fase no exenta, en su postrero tramo, de críticas y polémica sobre la figura de la albiceleste. Disputado el duelo de Brasil ante Polonia y certificado el triunfo de la canarinha, las únicas opciones de Argentina pasaban por, no sólo vencer a Perú, sino marcar más de cuatro goles de diferencia, habida cuenta de que el triunfo le haría empatar con los brasileños y sólo el gol averaje (de +5 para el combinado carioca) se convertiría en el factor determinante. Argentina había de medirse a la 'cenicienta' del grupo, ya sin opciones de nada pero si bien el triunfo se presumía como un objetivo tangible, la diferencia de goles exigida parecía una utopía. Parecía. Porque la albiceleste goleó al combinado peruano por un 6-0 que le tendió la alfombra roja a la final de su país, una gesta que no estuvo en absoluto extena de controversia. No fueron pocos los que hablaron en aquel entonces de soborno a la selección de Perúo más adelante, en nuevas investigaciones, de un acuerdo entre la dictadura argentina y el gobierno peruano por certificar el pase de la albiceleste a la final, la segunda que disputaría, esta vez ante los Países Bajos, que se habían impuesto en el otro grupo sobre Italia, Alemania Federal y Austria.

Buenos Aires, capital del mundo


"Sólo quedamos yo y vos, hermano de antes, solo yo y vos y el perfume del recuerdo... Y el viejo coche con su trote lerdo ya no alcanza la esquina del pasado...". Y sólo quedaban ellos dos: Argentina y unos Países Bajos que hubieron de prescindir de Cruyff tras su marcha antes del inicio del Mundial, en absoluto conforme con disputar en el país argentino la competición mundialista, aunque, visto quedaba, la 'oranje' no se había resentido de tan magnánima ausencia. La final ofreció al mundo un espectáculo más allá de discusiones y controversias, más allá de rumores y conspiraciones, haciendo que el deporte rey lo engullera todo bajo su grandeza. Los goles de Kempes habían servido como luz guía para la albiceleste en la tenebrosa senda hacia la final y una vez alcanzado su destino, no abandonaron su cometido, estallando de nuevo en fulgores con el primer tanto del encuentro en el minuto 38. El tiempo se paralizaba en un instante mágico de gloria, el momento en el que la pluma de la particular historia argentina se posaba sobre un papel para trazar con su tinta de oro una leyenda sin marcha atrás. Pero toda gesta adquiere grandeza cuanto mayor es la dificultad y en eso estuvo Dirk Nanniga para devolver el equilibrio en la pugna por el trono mundial, un equilibrio que se prolongó hasta el pitido final y que exigió de un esfuerzo extra para la concretar la conquista. Y esta llegó.

"Tengo un fusil de flores y canciones, primavera en mi pecho florecido; yo no quiero morir, quiero la vida, la vida para mí, para mi amigo. Soldado antiguo, firme y sereno, enseñando a respetar y respetando lo ajeno". Y aquella noche,Argentina se ganó el respeto del planeta fútbol, hermanó a su gente, haciéndolos amigos, dueños de un momento histórico. No se había nadado para morir en la orilla y con más de 100 minutos de sudor derramado por el escenario de los más amargos tangos y las más perseverantes batallas, apareció otra vez él, Kempes, rubricando su sexto gol en el campeonato, aquel que le valdría para erigirse como máximo artillero de la copa del Mundo y regalarle a los suyos el ansiado trofeo en la primera final que se decidía en la prórroga, señal de tantas cosas y recompensas a otras tantas. Bertoni llegó diez minutos después, como un necesario refuerzo a aquel soldado sereno para establecer el definitivo 3-1. Argentina era campeona del mundo, la albiceleste grababa su nombre sobre un trono que, sentada o de pie, ya nunca volvería a sentir ajeno.


FechaFasePartido
2 de junio de 1978PrimeraArgentina 2 - 1 Hungría
 6 de junio de 1978PrimeraArgentina 2- 1 Francia
10 de junio de 1978PrimeraItalia 1 - 0 Argentina
14 de junio de 1978SegundaArgentina 2 - 0 Polonia
18 de junio de 1978SegundaArgentina 0 - 0 Brasil
21 de junio de 1978SegundaArgentina 6 - 0 Perú
25 de junio de 1978FinalArgentina 3 - 1 Países Bajos

Mundial 86: la coronación de Maradona


"Hallé tu gente caminando por la vida. Por el rumbo que le marca la esperanza, y comprendí que tu gente era mi pueblo, con paso firme caminando hacia el mañana". Un mañana por escribir tras un pasado con un dudoso sustento. A la era de César Luis Menotti la siguió la de Bilardo. A pesar de los recelos y la corriente contraria a la dirección de Carlos Salvador Bilardo, que lograba una ajustada clasificación de la albiceleste para el Mundial de México 86, el técnico argentino fue fiel a su propio estilo y se buscó en un tal Diego Armando Maradona a su mejor aliado.


"Las cosas se dieron vuelta, yo no ví la puerta abierta y aquel intento fue un instante que fugaz como un amante se escapó y no me dí cuenta;con el tiempo pude ver que la convicción no hay que perder". Y con convicción hacia ese nuevo intento volvería la gran cita del fútbol. La XIII edición mundialista se caracterizó por algunos significativos cambios como la modificación de la segunda ronda, que pasó de ser una fase de grupos a retomar el viejo sistema de eliminación directa que había persistido hasta el 74, añadiendo -eso sí- la ronda de octavos de final, como consecuencia al mayor número de selecciones que se presentaban. Además, de la fase de grupos inicial se clasificarían también los cuatro mejores terceros. Poco dispuesta a ser una de ellas, la blanca y celeste arrancó su participación con un contundente triunfo ante Corea (3-1), merced al doblete anotado por Jorge Valdano y tanto de Ruggeri, ante los que de nada serviría el gol del honor dePark. Un vibrante empate ante Italia (1-1, tantos de Altobelli de penalti y -quién si no-, Maradona) y la postrera victoria frente a Bulgaria (2-0, con tantos deValdano y Burruchaga), le concedían a Argentina el liderato del grupo A.

Argentina tomó debida revancha sobre Uruguay


"El pasado me hace sonreír al pensar en lo ingenuo que fui; siempre ha sido un eterno fingir el cariño de tu alma hacia mí. El olvido me ha curado ya; en mi pecho no existe tu altar, y esperando mi venganza está que, en vez de reír, tendrás que llorar!". Bien hubiera podido ser lo que Argentina le gritase aUruguay. Clavado aún en el corazón albiceleste la derrota en el primer Mundialcelebrado, aquel en el que la amante del tango ya tomaba lugar, los intrínsecos laberintos del fútbol, justos a la corta o a la larga, le concedieron a Argentina el placer de la venganza. No vendieron barata la capitulación los uruguayos pero el solitario gol de Pasculli fue suficiente para dejar al rival platense en el camino y ascender un peldaño en la reconfirmación de la gloria que ya se alcanzase ocho años atrás.

"Jazmines todos iguales que el amor plantó en rivales y allá los ojos de cielo, los culpables de aquel duelo". Y si de venganzas y viejos sentimientos anidados en lo más profundo se trataba, la rivalidad existente entre Argentina e Inglaterra, daba para algo mucho más elevado que la victoria y la eliminación. Aquel duelo exigía historia, una impronta imborrable, un recuerdo eterno que persistiera para siempre y Diego Armando Maradona lo concedió. El primero de los dos tantos que anotó el argentino fue el denominado 'La Mano de Dios' pero aquello no fue suficiente y cuatro minutos después, el Pelusa elevaría aún más el mito de la albiceleste ante sus rivales ingleses con 'El gol del siglo', marcas imborrables, perpetuas y legendarias de la historia del balompié mundial. El tanto de Gary Lineker en el 81 no sería sino el grito de rabia del que siendo parte afortunada en el desarrollo del mito, lo sufre en sus carnes cual víctima al verdugo.

La albiceleste retomó el trono ocho años después


"Si no, que se fijen en toda la historia del tango malevo y después dirán si en alguna parte de toda la Tierra hay quien nos iguale; esa es la verdad". La verdad y el objetivo de Argentina como combinado futbolístico: convertirse en una nación inigualable. Sólo restaban dos pasos más para repetir la proeza de alzarle al mundo la copa de los campeones en un torneo que, lejos de las controversias del primero, Argentina estaba acicalando a base de excelsas actuaciones y golpes de historia. Bélgica fue el último escollo hacia la final en un partido que despachó sin mayores dificultades el que para muchos es, fue y será el mejor jugador de la historia del balompié, Diego Armando Maradona, con sus dos goles. Y con el postrero triunfo llegaría el gran momento, ese que focaliza la atención del planeta sobre un escenario rectangular, de muda contención y ensordecido clamor, un escenario donde ya aguardaba Alemania Federal, bicampeona hasta la fecha.


"Caballeros del juego hay que ser, al campo a salir con fe y con valor, adversarios que van a ofrecer en brega gentil ejemplo y vigor. La confianza y la inspiración del amor a una institución ha de darnos aliento y hacer que el esfuerzo corone de gloria un campeón". Como campeona resultó la albicelete tras el encuentro que la midió con los germanos. El partido entre los dos combinados ofreció todo aquello que puede desear un aficionado al fútbol, aunque para quienes fuesen parte interesada, los sobresaltos y sentimientos en sus más alejados extremos, estarían asegurados. El tanto de Brown adelantaba a Argentina con tan solo 23 minutos de tiempo disputado para que Valdano ampliase distancias en una segunda parte de infarto (minuto 55). Rummenigge recortaba distancias en el 74 y Vollerhacía enmudecer al Estadio Azteca (Ciudad de México) con un tanto en el minuto 80 que si bien pudo hundir la moral argentina, no hizo sino conjurarla en un objetivo común.

"Horas de ayer, que son de recuerdo, horas de ilusión, que no volveraán, loca juventud, que ya no revives, sueños que palpitan, en su ardiente afán". Las horas del ayer le hicieron recordar a Maradona y compañía la intensidad de un anhelo alcanzado por fin; las horas de ilusión no volverían una vez finalizado el partido; la locura de la juventud daría paso a la nostalgia del viejo y la corona, una vez más, sólo sería un afán. Suficiente para negarse, para rechazarlo y para verter la última gota de sudor en la conquista del mundo. El gol de Burrachaga en el 83 congolmeraba en el efímero momento de cruzar la línea de la portería el sentimiento de una nación entera, el respiro aliviado de lo contenido, el punto y final al sufrimiento y el estallido de la ovación por el espectáculo que la campeona del mundo, bicampeona ya, había ofrecido en un Mundial para el recuerdo.

FechaFasePartido
2 de junio de 1986PrimeraArgentina 3 - 1 Corea del Sur
5 de junio de 1986 PrimeraItalia 1 - 1 Argentina
10 de junio de 1986PrimeraArgentina 2 - 0 Bulgaria
16 de junio de 1986OctavosArgentina 1 - 0 Uruguay
22 de junio de 1986CuartosArgentina 2 - 1 Inglaterra
25 de junio de 1986SemifinalArgentina 2 - 0 Bélgica
28 de junio de 1986FinalArgentina 3 - 2 Alemania Federal

"Descreído, indiferente; insensible, todo niego; para mí la vida es juego de ganar o de perder".

Argentina, pionera del gol


Fue, junto a Uruguay, la primera selección en llegar a una final de la Copa del Mundo de selecciones; la primera en ver señalado un penalti a su favor y la primera en cometer uno (Fernando Paternoster). Tras su derrota con los charrúas se convirtió en la primera subcampeona del mundo. Fue la primera en ganar la Copa Confederaciones con la citada denominación. Es, junto aFrancia, la única que ha ganado la Copa Mundial, los Juegos Olímpicos, la Copa Confederaciones y su respectiva copa regional (Copa América en su caso); es, tras Uruguay, la selección que más veces ha conquistado laCopa América (14, por los 15 de su rival platense). La albiceleste ostenta el honor, o los honores de haber sido la primera en alcanzar gestas inigualables o de ser la que más veces ha confirmado la proeza, ratificando que no es casualidad.


La historia de la blanca y ceste se remonta a muchos años atrás, haciendo del tiempo su particular escenario de conquistas siendo, de mayor o menor trascendencia, logros que han forjado la identidad de Argentina hasta convertirla en lo que hoy es: una de las selecciones más temidas y respetadas del planeta, asidua a las grandes citas futoblístticas y cuna de los mejores jugadores del mundo. Capaz, incluso de dejar la impronta en aquellos acontecimientos en los que la meta máxima no fue alcanzada, tal y como sucedía en el primer Mundial de la historia. Disputado en territorio 'charrúa' ya aquello parecía un presagio de que el éxito no se aliaría con Argentina en la tierra del gran rival platense, con el que se disputa el denominado 'Clásico de La Plata'. No obstante, si aquel campeonato de debut en la máxima competición mundial a nivel de clubes no le dio a la albiceleste para hacerse con el triunfo en una dolorosa y aciaga final, sí le dio para empezar a escribir su particular leyenda en el mundo del balompié.

Guillermo Stábile, el filtrador


Que en el mundo del fútbol, el camino hacia el triunfo discurre por la senda del gol, es algo indiscutible. Los tantos, el éxtasis en el deporte rey, el momento cúlmen, la razón alrededor de la cual discurren los 90 minutos, ese efímero instante que hace estallar de júbilo o rabia los corazones de quienes los disfrutan o los padecen yGuillermo Stábile, buen conocedor de eso, dio a los suyos más alegrías que ningún otro en el primer Mundial, a pesar de que las dianas no valieran para certificar el título. Fue su única participación en la Copa del Mundo y le bastó para rubicar un nombre convertido ya en historia.


Guillermo Stábile nacía en Buenos Aires el 17 de enero de 1905 y fallecía el 26 de diciembre de 1966. Su carrera futbolística se inició en Sportivo Metán, desde donde llegó a Club Atlético Huracán; allí disputaría nada menos que 128 partidos en los que anotó 100 goles, una cifra que no hacía extrañar lo que después estaría por llegar en la Copa del Mundo de 1930. Sus buenas temporadas en el citado club le llevaron a Europa, cruzando el charco hasta recalar en el Génova; cinco temporadas, 62 partidos y 19 goles le llevaron a seguir avanzando en una evolución imparable hasta las filas del Nápoles. Allí sus dotes goleadoras no se exhibieron con el mismo esplendor y una temporada después, tras 20 encuentros y apenas tres tantos, aterrizaría en el Estrella Roja 93 de Francia, equipo que le vería poner punto y final a su carrera como jugador al mismo tiempo que le veía iniciar la de técnico en el citado club.


Su regreso a Argentina le llevó a entrenar a Huracán, el club en el que había explotado sus mejores cualidades de cara a gol y tras él, San Lorenzo, Estudiantes de La Plata, Ferro y Racing, clubes que le llevaron al gran paso, a su gran oportunidad en los banquillos: la selección donde él mismo había estampado su impronta. Veinte años consecutivos al frente de la albiceleste entre 1940 y 1960, años poco exitosos para Argentina más allá del territorio americano pero de indiscutible éxito ahí: siete copas América y un campeonato Panamericano de Fútbol.

Máximo goleador del primer Mundial


En aquel primer torneo, con apenas 13 participantes, Argentina quedó encuadrada junto a Chile, México y Francia en el grupo A, el único que albergaba a cuatro selecciones, ya que el resto, lo hacía con tres. Argentinadebutó enfrentándose a Francia en un encuentro que estuvo marcado por la falta de Monti sobre Laurent, renqueante durante casi 80 minutos. El jugador argentino sería, además, el que adelantaría a los suyos con un gol de falta anotado en el minuto 81 en un partido que acabaría envuelto en polémica por la señalización del final ante las reclamaciones del combinado galo en plena jugada con ocasión clara de gol incluida de Marcel Langiller.

Stábile debutó con un 'hat-trick' ante México


Tampoco pasaría inadvertido el segundo duelo de Argentina, en este caso ante México, donde Guillermo Stábile empezaría a escribir su particular leyenda con un 'hat-trick' en su partido de debut, ya que no había jugado en el duelo inaugural. El primero de los tantos llegaría mediante la señalización de un penalti, el primero pitado en un Mundial, que transformó el delantero argentino y tras el cual se señalarían cinco penas máximas más. La albiceleste vencía, finalmente por un abultado 6-3. El tercer y último encuentro de la fase inicial enfrentaría a Argentina con Chilepara decidir la clasificación del equipo que accedería a las semfinales del torneo; en la línea de lo acontecido en los dos duelos anteriores, la controversia haría acto de presencia a partir de una falta cometida por Monti sobre Arturo Torres, que no impediría la victoria albiceleste por 3-1.

Las semifinales cruzarían el camino de Argentina con el de Estados Unidos y la importancia del partido exigía de la aparición de esos nombres importantes entre los que Stábile deseaba estar. Y estuvo. Autor de dos de los seis goles que llevaron a su combinado a la gran final junto con la anfitriona, Uruguay, la goleada de losgauchos se repartió de la siguiente forma: Monti abrió la lata en el minuto 20 para que Alejandro Scopelli agrandara distancias ya en la segunda mitad.Stábile aportó el tercer y cuarto gol respectivamente para sumar su doblete al deCarlos Peucelle, que cerró la goleada. Los norteamericanos no pudieron más que rubricar el tanto del honor por mediación de Jim Brown en el 89.


La gran final lo tenía todo para hacer de la primera participación argentina un éxito pero también lo tenía para Uruguay, con el plus de que esta jugaba en casa, ante su gente y con la firme necesidad de cumplir y regalarle a los suyos la primera gran alegría a nivel mundial. A esta cita tampoco faltó Guillermo Stábile con su gol, un tanto que le serviría para calificarse como máximo artillero del primerMundial de fútbol pero no para hacer campeona a su selección, que sucumbió a los tantos de Pablo Dorado, Pedro Cea, Victoriano Santos Iriarte y Héctor Castro. El gol de Stábile, que se sumaba al inicial, anotado porPeucelle, sólo habría servido para recortar distancias y maquillar el resultado: 4-2 y el primer cetro mundial se quedaba en Uruguay. Stábile cerraba su participación total en la Copa del Mundo con ocho tantos en diez partidos.

Cesáreo Onzari: primer gol olímpico de la historia


Si hablar de gol en Argentina en el primer Mundial de la historia suponía hablar de Guillermo Stábile, hacerlo de una de sus modalidades más complicadas y bellas, llevaría a otros nombres ilustres del panorama futbolístico. De rebote, en jugada individual, en triangulación colectiva, de chilena, de falta, de cabeza, con la zurda o con la diestra. Todos los goles tienen el mismo valor pero no todos poseen la misma factura y lo que parece indiscutible a día de hoy es que el conocido como gol olímpico es de los más complejos y llamativos de todos cuantos pueden anotarse. Como no podía ser menos, también Argentina es pionera en esta faceta.


Tras la flamante victoria de Uruguay en los Juegos Olímpicoso de París(1924), el combinado charrúa y Argentina organizaban dos amistosos en calidad de local y visitante, el primero de los cuales se disputaría en Montevideo el el 21 de septiembre, con empate a uno. El segundo de ellos, que tendría lugar enBuenos Aires, se disputaría una semana más tarde en el Sportivo Barracas, atiborrado hasta la bandera y que según las crónicas de la época rebasaba de forma considerable el aforo establecido, tal era la expectación que generaba el duelo que seis años después supondría la primera final mundial de la historia. A pesar de esto, o precisamente por ello, el encuentro hubo de ser suspendido, al quedar prácticamente invadida la zona del terreno de juego, llegando el público a la línea de cal que delimitaba el campo. El dos de octubre se reanudaría el choque y para evitar que volviera a suceder lo acontecido en el primer intento, se colocó un alambrado de metro y medio para impedir el paso del público .

Ese mismo año, el córner dejó de considerarse un libre indirecto


Corría el minuto 15 del primero tiempo cuando el delantero de Huracán, Cesáreo Onzari,botaba un córner que acabaría alojándose directamente en el fondo de la malla uruguaya, un tanto histórico que concedió un nuevo honor a la albiceleste, aunque se tratase de un amistoso: el primer gol olímpico de la historia. Al haber anotado el gol frente al combinado que por aquel entonces ostentaba el título de campeón olímpico, el tanto acabría recibiendo la citada denominación, una gesta que era posible gracias a que en ese mismo año, la reglamentación que hasta entonces había calificado el lanzamiento de esquina como un saque indirecto, se había modificado permitiendo al jugador introducir el balón en la portería sin que tocase a ningún otro futbolista. Sería un gol distinto, destinado a quedar en la historia por ser el primero en producirse de la mencionada forma pero no fue el único que se produjo durante el partido: Cea igualó para los suyos en el 27 yTarasconi adelantó de nuevo a la albiceleste en el segundo tiempo.

El partido, que había empezado ya de forma accidentada, acabó del mismo modo con la retirada cuatro minutos antes del final por parte de los uruguayos en medio de la caída de todo tipo de objetos desde la grada y, acusados por los argentinos de emplear un juego excesivamente brusco, que había acabado con la fractura de tibia y peroné del jugador Adolfo Celli. A pesar de todo lo que dio de sí el encuentro, incialmente amistoso -una utopía entre Argentina y Uruguay-, sería recordado por propios y extraños, ante todo y sobre todo por el fantástico gol conseguido porOnzari, el primer gol olímpico de la historia.

Di María, el Ángel Guerrero


Su físico ya habla de él, cumpliendo con aquello de que la cara es el espejo del alma. Su cuerpo menudo y fibroso compensa el volumen necesario para escurrirse entre rivales a una velocidad endiablada; sus ojos, vivos, buscan el hueco a través del que trazar un camino imposible; delatan en él el ansia de la ambición sin límites y también la ilusión por la conquista; su capacidad de divertirse, de hacer un juego de un desafío mayúsculo como alzar la copa del mundo al cielo del eterno rival en el particular ring de las selecciones.

Un futbolista que, vencido por el cansancio, se encomienda al corazón


Futbolista eléctrico, explosivo, veloz y esquivo con los oponentes, el propioSabella destacaba, incrédulo, tras el partido que Argentina disputó ante Suiza en los octavos de final, la capacidad del 'fideo' para correr más y más a medida que los minutos avanzaban en el cronómetro. Ni el calor húmedo de Brasil, ni el agotamiento acumulado en los pies tras casi 120 minutos de juego lograban hacer mella en un futbolista que, vencido por el cansancio se encomienda al corazón, al alma, a la garra. Ángel Di María ha hecho historia con su equipo, conquistando un trofeo con una mística especial en el Santiago Bernabéu y en el que está siendo su gran año -2014-, desea poner una guinda de ensueño con el cetro mundial de selecciones, una ilusión que no esconde y que materializa en unas piernas superdotadas. Tampoco los 60 partido a sus espaldas a lo largo de la campaña que ya expiró le minan en la acumulación de quilómetros encuentro tras encuentro.

El socio de todos


El socio de todos y eclipse de nadie. Ángel Di María posee un extraño don para aliarse sin quiebres con los dos mejores jugadores del planeta, enfrentados en prácticamente todo y por prácticamente todo. En el Real Madrid, gambetea en diabluras continuas con fugaces estelas junto a Cristiano Ronaldo, para servirle al portugués mil balones en bandeja que acaban acariciando la malla rival para deleite del respetable. Con Argentina, sus vuelos reiterados hacia la meta del adversario, infatigable, se convierten en regalos de oro para Leo Messi. No obstante, ni ante uno ni ante otro, su magia cierne sombra para erigirse en protagonista. El 'fideo' hace mejores a los mejores, fusionando esa paradoja de elaborar un trabajo sucio ataviado de elegancia, de sutileza, de imposible.


Y es que no hay que olvidar que el fútbol es un deporte colectivo en el que mientras unos brillan, otros hacen el trabajo duro; unos construyen y otros destruyen; unos inician y otros culminan. La labor de Ángel Di María en la maquinaria de la selección argentina no puede ni debe pasar inadvertida. Ha podido verse durante el desarrollo de los partidos: encuentro tras encuentro es Leo Messi quien acapara el reconocimiento que le acredita como el 'MVP' de cada choque; nadie duda de la justicia del galardón pero eso no debe hacer que se ignore el gran trabajo que elabora 'el fideo', que está viviendo un año exultante, tanto en lo que a nivel de clubes se refiere como en la selección.


Un compromiso con Argentina


A pesar de haberse erigido en escudero de los dos futbolistas más gandes del planeta, el 'fideo' se concede licencias más que merecidas, anotando goles que no sólo destacan por su bella factura, sino también por la importancia de los mismos. Su última diana con la albiceleste le sirvió a esta para desatascar un partido atorado ante el muro de Suiza. Lo hizo, además de esa forma tan suya que representa, en el efímero instante del gol, su propia personalidad: a falta de tres minutos, como el dueño de una perseverancia que nunca da nada por perdido; en la enésima cabalgada, con el último aliento, impulsado por el último suspiro; un arañazo en la llegada a la orilla. Y tras la materialización de lo imposible, el estallido de un júbilo que hizo temblar los cimientos de Buenos Aires, que colmó de llanto emocionado las voces que alrededor del planeta cantaban el gol del fideo y concedían a la letra del más desgarrador tango todo el sentido de cuanto lleva implícita la palabra 'querer'.


Porque Argentina quiere el Mundial en justo cumplimiento a un compromiso que adquirió consigo misma en la conquista de su primer cetro planetario y que confirmó en la consecución del segundo; unas premisas que Ángel Di María tiene más que claras y que anhela cumplir en un homenaje a la leyenda de la albiceleste. Grabado a fuego en lo más profundo de sí mismo, el fideo ve convertida en una carrera de fondo la conquista del título: Veintiocho años son demasiados en la espera de la gaucha que, no obstante, nunca desfalleció en la búsqueda de la tercera estrella. En los desafíos donde la prórroga se torna en camino y los penaltis amenazan con un final que juega con el término 'justicia', Di María se alza sobre el resto, en ese fiel recordatorio de lo que la nación argentina prolonga la espera por más de dos décadas; no es velocidad, es resistencia. No es prisa, es perseverancia; un anhelo que se torna cada vez más próximo a ser real.

Argentina afronta su ronda maldita, frontera inesperada y traicionera que se alzó entre ella y la gloria en las dos últimas citas mundialistas. En 2010, las mágicas puestas de sol africanas despidieron a Argentina bajo el yugo de Alemania, mismo verdugo que desposeería a la albiceleste de su lucha por el título cuatro años antes, esta vez en su propia casa, territorio germano, cuyo frío contrasta con el corazón de fuego que late en el pecho de uno de los más férreos guerreros con los que cuenta Argentina, su ángel, Di María.

Estadísticas con prosa


Incluso los números, fríos emisarios de datos tan certeros y fieles a la verdad como alejados de lo inexplicable del sentimiento, traducen en magia sus proezas sobre el campo. El 'fideo' ha completado todos y cada uno de los cuatro encuentros que Argentina ha disputado en laCopa del Mundo, donde ha concedido ya una asistencia y un gol vital para los intereses de su gente, y si bien en cada uno de los 390 minutos en los que ha sudado tinta, se le ha reconocido una labor encomiable, en alianza con el tanto ante Suiza su nombre fue un grito unánime en el planeta.

El último encuentro fue un Ángel Di María en toda regla: seis disparos a puerta desde distintas posiciones: en los dominios del área y en los trazados lejanos del aire que surcaba el cuero buscando un camino que encontró sólo una vez. Suficiente. El 'fideo' completó el 67% de sus pases, convirtiéndose en un continuo tiralíneas, que localizaba en cada momento la mejor opción, al mejor compañero, la mejor ubicación. Bombardero inagotable envió centros al área sin descanso -12 en total- en sus continuas subidas por sendas bandas, convertidas en autopistas para la ocasión.


La evolución de Di María, además, en los últimos años, acentúa la importancia de su presencia en el centro del campo argentino, como también en su equipo; futbolista comprometido con la causa de vencer, no desaprovecha ni un ápice del físico con el que la naturaleza le dotó e invierte cada gota de sudor en movimientos favorables a los suyos: sube a atacar, baja a defender y sus piernas son, mil veces, creadoras de la jugada clave, de ese movimiento, de ese toque sutil o de ese trallazo envenenado.

El enganche perfecto, la conexión anhelada entre una zona con pura dinamita -la delantera- y otra que adolece de males peligrosos -la defensa-. Arriba, el fideo descubre huecos, insaciable; abajo, los tapa y cubre sin que ese esfuerzo de más haga resentir su rendimiento en su labor natural. Ángel Di María es la chispa que recorre la mecha en busca de esa explosión de gol, suyo o de un compañero, en jugadas mágicas que esta vez no se conforman con el deleite planetario; además, pugna por su reinado.

El grito de Higuaín



Tras once meses sin derrotar a los guardianes de las metas rivales con la elástica deArgentina, las críticas amenazaban con derrumbarse sobre la figura de Gonzalo Higuaín, sepultando a un futbolista único, poseedor de una extraordinaria calidad pero con la sempiterna losa de la exigencia colgando sobre su cabeza como particular espada de Damocles. Y es que la carrera del Pipita ha sido una continua petición de más, una lucha contra los elementos, contra los rivales y contra las circunstancias. Una batalla contra sí mismo, consigo mismo como aliado.


Luchador inagotable, cada paso del argentino sobre un terreno de juego se convertía en un grito mudo de rabia acumulada, de queja ante la crítica absurda, voraz, la que han librado desde diferentes frentes algunas voces temerarias, decididas a no facilitar el avance en un camino ya de por sí complicado. Corresponder al peso que supone ser portador del número '9' en una selección histórica comoArgentina no es un desafío al alcance de demasiados pero sí fue uno de los que en su día aceptó Higuaín, provocando ello el correspondiente enfado del por aquel entonces seleccionador francés, que esperaba ver a Gonzalo en filas de les Bleus; cabe recordar aquí que Higuaínnació en París y a los 10 meses se marchó a Argentina, donde el ambiente del fútbol sencillo y de barrio que se respira en la tierra del tango y el fútbol, le atrapó nada más poner un pie en su suelo, obteniendo de él una muda promesa de fidelidad y responsabilidad para con la albiceleste.

Una promesa a Argentina


Una promesa a la que empezaba a dar cumplimiento el 10 de octubre de 2009 antePerú. Aquel fue el día de su debut con la todopoderosa Argentina. Su primera gran competición internacional con la albiceleste le llevaba a un Mundial, el de Sudáfrica 2010, donde ya se encargó de exhibir al planeta la impronta de su gol. A pesar de los logros cosechados, habiendo alcanzado un hueco en la selección blanca y celeste mediante la llamada de, nada menos que Diego Armando Maradona -seleccionador por aquel entonces-, y tras todo lo logrado en sus clubes, la imagen de Higuaín continauría siendo la de aquel guerrero incansable al que siempre le quedaba algo por demostrar. En una resignación que fundió aceptación y perseverancia, la reacción del argentino siempre fue la misma: remangarse, respirar y arrancar a correr; en busca de esa cabalgada imposible, a por ese balón que se perdía, tras ese pase al que no llegaba y a por ese disparo sin ángulo.


Nunca importó que la posibilidad de concretar una acción estuviera sólo en su cabeza; que la física le advirtiera de lo poco factible que podía ser darle cumplimiento a determinados retos; Higuaín tuvo siempre muy claro que el primer paso hacia lo imposible era intentarlo. Esa actitud, poco dispuesta a la queja ruidosa y siempre firme ante la acometida, le valió para hacerse con muchos aliados y rendir estadios enteros a sus pies. Pero en la exigencia de las más elevadas cimas aquello no era suficiente; nunca sería suficiente.

El Mundial como altavoz


Y entonces Higuaín escogió un escenario de ensueño para dar rienda suelta su 'yo', para responder de nuevo a esas palabras devoradoras que cuestionan siempre todo: unMundial, ataviado con la armadura albiceleste y la lucha infructuosa de los suyos, buscando un lugar en las semifinales, enfrentándose a sus demonios y tratando de tumbar a esa frontera imaginaria que durante dos citas planetarias consecutivas se habían erigido en el particular límite argentino. Higuaín se vistió de héroe y mató de un plumazo los argumentos en su contra; los once meses en blanco, los cuestionamientos sin sentido, los dardos envenenados: su gol ante Bélgica le daba a la albiceleste el pase esa ronda desde la que ya se atisba la final, desde la que se vislumbra el cetro, desde el que se imagina la suavidad del tronos, su comodidad.


No obstante, la paradoja que se da en toda gran competición se cumple aquí también: cuanto más cerca está un trofeo, más lejos parece también. Es mucho el camino recorrido porArgentina pero también es mayúscula la dificultad que queda por delante, retos ante los que no hay garantías; o quizás así: Argentinatiene garantizada la lucha sin cuartel, la capacidad de abstraerse del mundo y aunar todo sentimiento a una fe inquebrantable en sí mismo; una perseverancia sin descanso y una calidad, posesión sólo de aquellos jugadores tocados por una varita mágica. Gonzalo Higuaín es dueño y señor de todo eso. A la grandeza de los anhelos de ese niño argentino, que no nació en las calles de Buenos Aires pero sí se enamoró de ellas cuando la ciudad de la luz le vio partir, le queda por delante lo más grande: el Mundial de fútbol de selecciones.

Un lugar en la historia


La posible conquista por parte de Argentinaserá para Gonzalo Higuaín mucho más que un suspiro de alivio para quien es exigido en un camino que lleva ya varios años concediendo insatisfacciones, la férrea obligación con su propia historia. Para el Pipita, el sueño será un golpe sobre de autoridad, ese grito desgarrado del que, con los escombros de sus sueños, reconstruye una y otra vez sus propias esperanzas.


Logre lo que logre su selección y con ella, el propio Higuaín, el argentino sabe bien del probable renacimiento de esas voces críticas que aprovechan la adversidad para golpear donde más duele, tratando de lastrar aún más la capacidad de quien, sin embargo, nunca se rendirá ni sucumbirá a los vacuos argumentos. De lo constructivo, el Pipita hará peldaños de trabajo hacia la superación constante; de lo destructivo, cenizas sobre las que caminar para endurecerse, para inmunizarse y para eternizarse en una historia de la que quiere formar parte a base de perseverancia.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Fernando Redondo: la elegancia del príncipe guerrero


Cuando era sólo un niño alguien dijo de él: "Será Gardel o artista". No andaban muy desencaminados. Fernando Carlos Redondo Neri sólo tranformó la atmósfera donde enamoraría al mundo. En lugar del suelo brillante de un escenario, el césped de un campo de fútbol; en vez de las luces de un tablado, los focos de un estadio ; en lugar de una voz prodigiosa, un talento innato para convertir el fútbol en una obra maestra. La perseverancia por conquistar la adversidad, la garra para darlo todo en ello y la firmeza inquebrantable por no doblegarse en caminos contrarios a sus principios quedarian reconocidos en la nobleza de un apelativo que no le hizo justicia al dejarle en príncipe. Para muchos Fernando Redondo fue un auténtico rey.

Dicen que no es más grande quien más sitio ocupa, sino quien más vacío deja cuando se va. Extrapolada al fútbol esta afirmación sería casi perfecta para ofrecer una idea de la magnitud de un jugador único, ya no sólo por sus dotes comomaestro del balompié, sino por sus virtudes como ser humano. Y decimos "casi" porque el vacío que dejó Fernando Redondo tras su marcha del Real Madridfue sólo comparable al espacio que ocupó mientras estuvo allí. A diferencia de otros grandes genios, el argentino no tuvo que esperar a alejarse de su gran pasión en los terrenos de juego para ver reconocida su grandeza. Una presencia tal, que aún a día de hoy, desde las más nostálgicas miradas de la grada del Bernabéu, sigue percibiéndose y añorándose.


Su llegada al club de Chamartín fue silenciosa, predispuesta y comprometida; su estancia en el equipo, una explosión deFernando Redondo en su más puro estado, para lo bueno -que fue mucho-y para lo malo -que no fue tanto-. Su despedida, un indiscutible borrón en un club encumbrado en la grandeza, agradecido por antonomasia y fiel a la memoria de quienes le convirtieron en lo que es, el mejor club del siglo XX. Lo que debería haber sido un lento paseo bajo la lluvia de la ovación, la más profunda gratitud y las más sinceras muestras de cariño, acabó convirtiéndose en una rápida escapada por la fría puerta de la trastienda, un procedimiento en absoluto acorde a quien entregó todo por una institución cuyo escudo acabó grabando a fuego en su propio corazón.

Un carácter precoz


Fernando nació en Adorgué, allá por el otoño de1969. En un país como Argentina, impregnado por la magia de lo futbolístico pero asentado, además, sobre la disciplina y la responsabilidad, Fernando, el mayor de 2 hermanos, acudía a hacer rodar el balón cada día, siempre después de haber cumplido con sus obligaciones escolares. Para él el fútbol no fue una vía de escape en medio de una situación familiar complicada, sino una pasión en la que volcaba el esfuerzo y la ilusión con la que se desenvolvía en cada faceta de su vida. La forma en que Fernando y Luz Cristina, sus padres, le habían enseñado a hacerlo.

El magnetismo del fútbol no tardó en llamarle y encaminarle hacia la senda de los elegidos, aquellos que además de poseer unas cualidades privilegiadas, deberán luchar por llegar a la cumbre. Fernando sucumbió al encanto del balompié, como muchos niños argentinos pero ya en sus primeros años, demostró la independencia de sus convicciones y la firmeza de unas ideas propias. Entre las mayoritarias idolatrías que todos dirigían hacia Kempes o un jovencísimo Maradona, Fernando volcaba toda su admiración en Bochini.

Sus primeros pasos en el deporte rey los dio, curiosamente, en el fútbol sala, en concreto en el Talleres de Escalada, donde tímidamente empezaría a nacer una carrera imparable. Animado por la calidad que su vástago había exhibido, su padre no tardó en presentarle a las pruebas de Argentinos Juniors, en cuyas categorías inferiores se hizo rápidamente un hueco. Tal fue allí su ascensión que un jovencísimo Fernando Redondo debutaría en la Liga argentina con tan sólo 15 años.

Conquistando aliados

Fernando Redondo fue capaz de encandilar, no sólo a los aficionados al deporte rey, sino a los 9 técnicos que tuvo en sus 10 años de estancia en España, adonde llegó tras un error en la gestión de Argentinos Juniors. Algunos de sus entrenadores ya habían sucumbido a su talento; a otros no les quedó más remedio que rendirse ante la evidencia. Javier Azkargorta, el 'Indio' Solari y Jorge Valdano en el Tenerife, y de nuevo Valdano, Fabio Capello, Jupp Heynckes, Guus Hiddink, John Benjamin Toshack y Vicente del Bosque en elReal Madrid. Todos ellos acabaron convirtiéndole en un imprescindible de sus alineaciones, rendidos como cayeron ante la elegancia de un fútbol ataviado con la armadura de un guerrero, de su carácter forjado en la ambición de los ganadores y el temple con el que fusionaba sus más contrapuestas virtudes en laperfecta coreografía de las batallas sin tregua.


Fernando hizo de sus botas la mejor representación del Rey Midas, convirtiendo en dorados regalos los balones que pasaban por sus pies. Así, regaló al Tenerife una de sus mejores épocas rubricada en la participación de una Copa de la UEFA, que empezaría a rendir al viejo continente a los pies delPríncipe. Aquello, no obstante, sería sólo la primera piedra en la construcción del camino hacia la grandeza, un camino que le llevó al Real Madrid, donde Fernando estableció los límites de su reino y en cuyo centro del campo situó su trono. Luchador inagotable, el argentino fue fijándose nuevos desafíos, cuya dificultad crecía de forma directamente proporcional a la grandeza de sus conquistas. 2 Ligas, una Supercopa de España, 2 Ligas de Campeones y una Intercontinental fueron el legado del mejor centrocampista argentino de la historia en el club blanco.

Ni siquiera el ocaso de un reinado inolvidable, ni tampoco las traicioneras lesiones que habían tratado de minar su avance a lo largo de tantos años, supusieron impedimento alguno para que Fernando continuase viendo engrosarse su palmarés en un Milan, al que llegó como un inesperado presente, tras su desafortunado 'exilio' del Real Madrid. Una Copa de Italia, Una Serie A, una Supercopa de Italia, una Liga de Campeones y una Supercopa de Europa pusieron el punto y final a su etapa como mago del balón.


La más pura esencia del príncipe guerrero

La historia del fútbol es tan extensa como pródiga a la hora de grabar nombres a fuego en su particular Olimpo. PeroFernando Redondo no sería uno más. Dicen que quien olvida sus orígenes pierde su identidad, y si la del argentino continúa hoy tan latente en el corazón y la memoria de todos aquellos que gozaron de la fortuna de verle jugar es precisamente porque Fernando portó en el estandarte de su grandeza los principios que sus padres le habían inculcado, unos principios fortalecidos por un carácter que le impidieron, según se cuenta, ceder a la banal exigencia de cortarse el pelo a cambio de un lugar en la todopoderosa selección de Argentina, donde tantos grandes dioses del balón han anhelado jugar y han jugado.


No obstante, el lugar que no había encontrado con Daniel Passarella en laalbiceleste, sí lo halló con Marcelo Bielsa, pese a lo cual Redondo no tardó en renunciar a acudir a las convocatorias de su selección, argumentando la imposibilidad de rendir a su máximo nivel debido a una lesión de rodilla. Su bagaje con el combinado nacional, sin embargo, lo había adquirido antes: un Campeonato Sudamericano Sub-17, una Copa Confederaciones y una Copa América fueron su legado con la bicampeona del mundo.

Los mismos principios que mantuvieron férrea su voluntad frente a las exigencias de Daniel Passarella, le llevaron a renunciar a todo aquello que el Milan le había ofrecido a su llegada cuando las traicioneras lesiones le habían impedido seguir agrandando su leyenda y la del propio Milan. Fernando sólo tenía por suyo lo conquistado sobre un campo de fútbol.

Y en honor a eso, es de justicia concluir precisamente sobre el manto del césped de un escenario de ensueño, con una muestra única e inolvidable de lo que Fernando Redondofue, un momento mágico que el mundo del fútbol, con el madridismo a la cabeza, siempre recordará. Llegaba el Madrid a Old Trafford tras el empate cosechado a 0 en el partido de ida de los Cuartos de Final de una Champions League que acabaría conquistando. Pocos daban por posible el pase en el complicadísimo campo del Manchester United, vigente campeón por aquel entonces. Reinaba el 0-2 en el marcador, resultado que daba el pase a las Semifinales al Real Madrid. Pero en la mente de los ganadores, el conformismo no tiene cabida y Fernando Redondo paró el mundo futbolístico en unos segundos mágicos, que rindieron al Teatro de los Sueños a sus pies. Dando un paso al frente en su responsabilidad en el centro del campo madridista, el argentino gambeteó por la banda iquierda al encuentro del futbolista noruego, Henning Berg, de quien se deshizo con un soberbioautopase de tacón, ejecutado con una elegancia sólo al alcance de la realeza. El posterior pase de la muerte, lo aprovecharía Raúl en boca de gol para establecer el 2-3 definitivo, que cerró una de esas noches mágicas que sólo pueden conceder los genios.


Tras la marcha de un jugador de esta categoría, deportiva y humana, el vacío se hace inmensamente grande. Otros llegan tras él con la nada sencilla misión de relegar la evocación de su recuerdo, una dificultad añadida a la ya de por sí compleja responsabilidad de conducir el juego de la nave blanca. Es un mérito al que hay que concederle un merecido reconocimiento y en cierto modo, también es de recibo añadir que el triunfo parcial en esa misión, no es culpa de sus sucesores. Pocos cuestionarán el mandato deXabi Alonso y otros tantos que estuvieron y estarán salvaguardando la parcela del 'Príncipe' pero la grandeza de los mitos reside, también, en seguir existiendo tras su historia.